Anania iba en busca de los lebratos y, como es natural, no los encontraba. El otro juraba que antes estaban, que debían haber escapado.—¡Mejor; hubieses venido antes!
—¡Te vas con aquéllos!—le decía despreciativamente.—Peor para ti; ¡ahora puedes hacerte unos lebratos de cera! ¡Ves, hubieses venido ayer conmigo!
—¿Y por qué no los cogiste tú?
—Porque quería cogerlos contigo, ¡eso! Vamos á ver si encontramos el nido de cornejas.
El pastorcillo hacía todo lo que sabía para entretener á Anania, pero el chiquillo empezaba á tener frío allá arriba, al pie del monte detrás del cual asomaban las nieblas del otoño, y volvía al lugar. De aquella época conservaba pocos recuerdos de su madre, porque apenas la veía; siempre estaba fuera. Trabajaba á jornal en las casas ó en el campo, en el cultivo de la patata, y volvía á casa, al anochecer, cansadísima, amoratada por el frío y hambrienta. Desde hacía mucho tiempo el padre de Anania no había vuelto á Fonni; y, por lo tanto, el pequeño no se acordaba de haberlo visto nunca.
La viuda del bandido hacía las veces de madre al pobrecillo bastardo, y de ella conservó Anania un nítido recuerdo. La viuda le había mecido, le había dormido muchas veces con el sonsonete melancólico de extrañas canciones. ¡Cuántas veces le había lavado la cabeza, cuántas veces cortado las uñas de los piececitos y manecitas llenas de tierra, y quitado, á la fuerza, los mocos! Todas las veladas, hilando junto al fuego, narraba las heroicas hazañas del bandido. Los chiquillos escuchaban ansiosamente, pero Olí ya no se conmovía, y hasta llegaba á interrumpir á la viuda, ó abandonaba el hogar para irse á echar en su camastro. Anania dormía con ella, á los pies de la cama. Á menudo encontraba á su madre, ya dormida, fría, helada, y trataba de calentarle los pies con sus piececitos calientes.
Más de una vez la oyó sollozar en el silencio de la noche, y no se atrevió á preguntarle nada porque le intimidaba, pero se confió con Zuanne, y después de esta confidencia, el pastorcillo creyó un deber informarle de ciertas cosas. Le dijo:
—Has de saber que eres un bastardo, es decir, que tu padre no es el marido de tu madre. Hay muchos así; ¿sabes?
—¿Y por qué no se casó con ella?
—Porque tiene otra mujer; se casarán cuando ésta se muera.