—¿Y cuándo se morirá?

—Cuando Dios quiera. Has de saber que tu padre antes venía á veros, yo le conozco, ¿sabes?

—¿Cómo es?—preguntaba Anania, frunciendo el entrecejo, con ímpetu de odio instintivo hacia aquel padre desconocido que no venía á verle, al pensar que su madre tal vez lloraba por su causa.

—Mira,—decía Zuanne haciendo memoria,—es guapo, alto, ¿sabes?, con los ojos como dos luciérnagas. Lleva un capote de soldado.

—¿Dónde vive?

—En Nuoro. Nuoro es una gran ciudad, que se ve desde el Gennargentu. Yo conozco al obispo de Nuoro, porque me confirmó.

—¿Has estado en Nuoro?

—Sí, sí, estuve,—afirmaba Zuanne, mintiendo.

—No, no es verdad, tú no has estado. Recuerdo que no has estado.

—Estuve antes que nacieras. ¡Tú qué sabes!