Anania, después de estas conversaciones, seguía muy á gusto á Zuanne á pesar del frío, y continuamente le interrogaba acerca de su padre, de Nuoro, del camino que había que recorrer para llegar á la ciudad. Y casi todas las noches soñaba con aquel camino, y veía una ciudad con muchas iglesias, con casas muy altas, con montañas más grandes que el Gennargentu.
Una noche, á últimos de noviembre, Olí, que había estado en Nuoro por la fiesta de Nuestra Señora de Gracia, riñó con la viuda. Desde hacía tiempo reñía con todo el mundo y zurraba á los chiquillos.
Anania la oyó llorar toda la noche, y aun cuando el día antes le había pegado, tuvo gran lástima de ella; hubiera querido decirle:
—Cállese, mamá; Zuanne dice que si fuese yo, cuando fuera grande, iría á Nuoro á buscar á mi padre, obligándole á que viniera aquí. Yo no quiero esperar, voy á ir en seguida; déjame ir, mamita mía...
Pero no se atrevía ni á respirar.
Era de noche aún cuando Olí se levantó, bajó á la cocina, volvió á subir, volvió á bajar y vino por último trayendo un lío.
—Levántate,—dijo al muchacho.
Después le ayudó á vestirse y le colgó al cuello una cadenita, de la cual pendía una bolsa de brocado verde, muy bien cosida.
—¿Qué hay dentro?—preguntó el chiquillo, palpando el saquito.
—Una rizetta[18] que te traerá suerte; me la regaló un fraile muy viejo que encontré en la carretera... Llévalo siempre sobre el pecho; no lo pierdas nunca.