—¡Cállate!—contestó Anania enfadándose.—No permito que pronuncies siquiera su nombre...
—¿Por qué?—preguntó Ágata, con calma maliciosa.—¿No va á ser cuñada mía? ¿Es distinta de las demás? Es una mujer como nosotras. ¿Porque nosotras somos pobres? ¡Quién sabe si ella será siempre rica! ¡Si hubiese tenido seguridad de serlo, no te habría tenido de reserva mientras encontraba un partido mejor!
—Si no acabas te pego...—dijo furioso.
—Me parece que estás borracho; ¡vete á ver á Rebeca!—repitió Ágata.
Sus insinuaciones aumentaron los tormentos de Anania; pero ahora consideraba á Margarita capaz de cualquier cosa. Salió de la taberna y le pasó por la mente las ganas de ir á ver á Rebeca; pero se echó á reir y, viendo que Ágata le observaba, dió un traspiés fingiéndose borracho.
Al anochecer se acostó, pretextando un poco de fiebre y decidido á no levantarse al día siguiente, para que Margarita supiese que estaba enfermo y sufriera. Llegó á imaginar que ella, creyéndole gravemente enfermo, le visitaba en secreto; este sueño le produjo una ternura desfallecedora; pensando en la escena que se desarrollaría temblaba de placer. Y de pronto vió lo pueril y sentimental de este sueño y tuvo vergüenza de sí mismo. Se levantó y salió á la calle.
Á la hora de costumbre se encontró frente al portón de casa Margarita. Ella misma abrió. Se abrazaron y echaron á llorar; pero apenas Margarita empezó á hablar, sintió hacia ella una profunda antipatía, después una sensación de frío, semejante á la que sintió al mirar á Olí.
No, ya no la amaba, ya no la deseaba. Se levantó y salió á la calle sin decir una palabra.
Al llegar al final de la calle volvió atrás y acercándose al portón gritó:
—¡Margarita!