—¡Todo ha terminado!—pensó.—Debía terminar así.

Se levantó y releyó la carta; cada palabra le ofendía, le disgustaba y le humillaba. De modo que Margarita le había amado por compasión, aun creyéndole tan vil como ella misma. Tal vez esperaba convertirle en instrumento de sus placeres, en un siervo complaciente, en un marido bonachón; ó tal vez no había pensado en nada, y le había amado tan sólo por instinto, porque fué el primero en besarla, en hablarle de amor.

—¡No tiene alma!—pensó el desdichado.—Cuando yo deliraba, cuando me remontaba hasta las estrellas, y sentimientos sobrehumanos me exaltaban, ella callaba porque estaba el vacío en su alma, y yo adoraba aquel silencio que me parecía divino; sólo ha hablado cuando se han despertado sus sentidos, y ahora que la amenaza el peligro vulgar de mi abandono. No tiene alma, ni corazón. ¡Ni una palabra de piedad! ¡ni siquiera el pudor de disfrazar su egoísmo! Y además ¡cuán astuta! Su carta es copiada y vuelta á copiar, aun cuando se vea en ella su tosca ignorancia; ¡cuántas veces emplea la palabra que! Me producen el efecto de martillazos, prontos á romperme el cráneo... Las últimas líneas son una obra maestra femenil... antes de escribirlas ya presumía el efecto que debían causarme... es más experta que yo... me conoce perfectamente, mientras yo empiezo ahora á conocerla... quiere llevarme á la cita porque sabe de sobra que si acudo pierdo la cabeza y me envilezco... ¡Mentiras, mentiras y mentiras! ¡Cómo la desprecio! ¡Ni una palabra de bondad, ni un impulso generoso, nada, nada! ¡Ah, qué rabia! (Y arrugó de nuevo la carta). ¡Os odio á todos! ¡siempre os odiaré! También quiero ser malo, también quiero reduciros todos á polvo y escupir encima. Quiero haceros sufrir, destrozaros, mataros... ¡Y vamos á empezar!

Cogió la bolsita aún envuelta en el pañuelo de color, lo envolvió todo en un periódico, y bien sellado lo mandó en seguida á tía Grathia.

—¡Todo ha terminado!—repetía á cada instante. Y le parecía caminar en el vacío, sobre heladas nubes, como cuando subía al Gennargentu; pero ahora miraba inútilmente abajo y á su alrededor; no había escape; todo era niebla, abismo infinito.

Durante el día pensó muchísimas veces en el suicidio; se informó de si podía presentarse en seguida á exámenes para maestro elemental ó secretario de Ayuntamiento; estuvo en la taberna y cogiendo entre sus brazos á la hermosa Ágata (ya prometida de Antonino) la besó en la boca. Ráfagas de odio y de amor le atravesaban el alma; cuanto más releía la carta más perfidia parecía encerrar; cuanto más se alejaba Margarita, más la quería y deseaba.

Al besar á Ágata recordaba la impresión violenta que un día habían despertado en él los besos de la hermosa campesina; pero entonces Margarita estaba muy lejos y un mundo de poesía y de misterio les dividía; y ahora aquel mismo mundo, hecho pedazos, los volvía á dividir.

—¿Qué te pasa?—preguntó Ágata dejándose besar.—¿Has peleado con ella? ¿Por qué me besas?

—Porque me da la gana... Porque apestas...

—Me parece que has bebido—dijo ella riendo.—Si te gustan las mujeres así, puedes ir á ver á Rebeca... ¡Pero cuidado que Margarita no se entere!