«Anania, vuelve en ti, no seas malo y cruel conmigo que te he dado toda mi juventud y todo mi porvenir, (pues sin ti se desvanecen todos mis ensueños), para ser generoso con quien tanto te ha odiado y ha sido la causa de tu desgracia.

«Ten piedad de mí... ya ves, estoy llorando... te lo ruego, hasta por ti, que quisiera ver tan dichoso... ¡Acuérdate de todo nuestro amor, de nuestro primer beso, de nuestros juramentos y de nuestros sueños, de nuestros proyectos, de todo, acuérdate de todo! Procura que no se reduzca todo á un puñado de cenizas, que no muera de pena, que no tengas que arrepentirte de tu loco proceder. Si no quieres hacer caso de mis consejos, consulta á personas formales, á gente buena y devota, y verás como todos te dirán cuál es tu deber, y verás como te aconsejarán que no seas ingrato, pero tampoco cruel.

«¡Acuérdate, Anania! Hasta ayer noche me decías que desde lo más alto del Gennargentu gritaste nuestro amor, proclamándolo eterno y superior á todas las demás pasiones humanas. Y al parecer mentías; ¿ayer noche mentías? ¿Por qué mentías...? ¿Por qué me tratas así? ¿Qué he hecho yo para merecer tal desventura? ¿Es que no te acuerdas de lo mucho que siempre te he querido? ¿Te acuerdas que una tarde, estando en la ventana, me echaste una flor, después de haberla besado? Aún conservo aquella flor para coserla en mi vestido de boda; y digo conservo porque estoy segura de que tú serás mi esposo querido, que no querrás que tu Margarita se muera (¿te acuerdas de tu soneto?), que seremos muy felices, en nuestra casita, solos, solos con nuestro amor y nuestro deber. Estoy esperando con impaciencia una palabra de esperanza. Dime que todo fué una pesadilla; dime que has recobrado la razón y que te arrepientes de haberme hecho sufrir.

«Mañana por la noche, ó mejor dicho esta misma noche, porque ya ha dado la una te espero; no faltes; ven, idolatrado Anania, ven, mi querido, mi adorado esposo, ven; te esperaré como la flor espera el rocío bienhechor después de un día de sol ardiente; ven á darme la vida, á que todo lo olvide; ven, adorado mío, mis labios ahora bañados por amargo llanto, se posarán sobre tu querida boca como...».

¡No! ¡no! ¡no!—exclamó Anania, convulso, arrugando la carta antes de acabar de leerla.—¡No iré! ¡Cuán vil, cuán vil eres! Moriré de pena, pero no me volverás á ver.

Y con la carta en la mano estrechamente cerrada se echó sobre la cama, hundiendo el rostro en la almohada, mordiéndola, reprimiendo los sollozos que le ahogaban.

Un estremecimiento de pasión le recorría todo el cuerpo, subiendo en oleadas vibrantes desde los pies á la nuca; las últimas líneas de la carta le habían causado vehemente impresión, habían despertado el ardiente deseo de los besos de Margarita—deseo tanto más espasmódico cuanto más desesperado—y tuvo que luchar ferozmente contra el loco impulso de releerla, de releerla hasta las últimas líneas.

Poco á poco recobró la conciencia de sí mismo y de lo que sentía. Le pareció haber visto á Margarita completamente desnuda, sintiendo por ella un amor delirante y un asco tan profundo que mataba el amor.

¡Cuán vil, cuán vil se mostraba! ¡Vil hasta llegar al descaro...! ¡Vil, y conscientemente vil! La diosa cubierta con el manto de majestad y bondad había echado sus áureos peplos y se presentaba desnuda, manchada de egoísmo y crueldad; la Minerva taciturna abría la boca para blasfemar; el símbolo se abría, se abría como un fruto maduro, rosado por fuera, negro y podrido por dentro. Era la Mujer, completa, con todas sus feroces astucias.

Pero lo que más cruel martirio le producía era pensar que ella adivinaba sus más secretos sentimientos y que tenía razón; sobre todo cuando le reprochaba el engaño, y cuando pretendía que él cumpliera sus deberes de gratitud y de amor.