«Y veo que me engañaba; ó mejor dicho, me has engañado, callando tus verdaderos sentimientos. Yo creía, he creído siempre y aún sigo creyendo que sabías que tu madre no se había muerto, que sabías dónde se hallaba y que no ignorabas (como nadie lo ignoraba) la vida que seguía llevando; pero creía que tú, vilmente abandonado, no hacías caso de una madre desnaturalizada, causa de tu desgracia y deshonra, y la considerabas como si hubiese muerto para ti y para todos... Es más, estaba convencida de que si algún día, como ha sucedido, se atrevía á presentarse ante ti, no te habrías ni siquiera dignado mirarla... ¡Y en cambio...! En cambio, echas de tu lado á quien tanto te ha amado y siempre te amará, para sacrificar tu vida y tu honra á quien te hubiese dado la muerte ó abandonado en el bosque para librarse de ti, si no llega á tener un sitio donde poderte dejar.

«Creo inútil escribirte estas cosas, porque seguramente las comprendes mejor que yo, y es inútil también que sigas tratando de evocar en mí sentimientos que no puedo sentir desde el momento que tú tampoco los sientes.

«Porque veo perfectamente que quieres sacrificarte, no por cariño, ni siquiera por generosidad—porque probablemente odias con mucha razón á aquella mujer que fué la causa de tu desdicha—sino precisamente por los prejuicios humanos que fueron inventados por los hombres para hacerse unos á otros desdichados.

«Sí, sí; tú quieres sacrificarte para el mundo; quieres matarte y matar á quien tanto te quiere, sólo por la vanidad de oir como dicen: ¡ha cumplido su deber!

«Eres un chiquillo, y permíteme te diga que tu sueño es, además de peligroso, ridículo.

«Cuando la gente lo sepa te alabará, pero en el fondo se reirán de tu ingenuidad.

«Anania, vuelve en ti; sé bueno contigo y conmigo y sobre todo sé hombre, como tú mismo dices.

«No; yo no pretendo que abandones á tu madre, ahora que está enferma y es desgraciada, como ella te abandonó; no, la ayudaremos, trabajaremos para ella, si hace falta, pero que viva lejos de nosotros, que jamás venga á interponerse entre los dos, á turbar nuestra vida con su presencia. ¡No, que no venga jamás! ¿Á qué engañarte, Anania mío? No puedo ni siquiera admitir la posibilidad de vivir con ella... ¡No! Sería una vida horrible, una tragedia continua; mejor morir de una sola vez, que morir lentamente de rencor y malestar. No he querido nunca á aquella desgraciada; ahora siento por ella compasión, pero no puedo quererla; y te suplico que no insistas en tu loca resolución si no quieres que de nuevo la odie mil veces más que antes. Ésta es mi resolución: socorrerla, pero lejos de nosotros, que no la vea nunca, que en lo posible el mundo donde vivamos ignore su existencia y donde se encuentra.

«Piensa que hasta ella misma preferirá vivir lejos de ti, pues tu presencia sería un remordimiento continuo. Dices que está envejecida y enferma por el dolor y las privaciones; pero ¿quién tiene la culpa de todo, sino ella? Por ti, y también por ella, es mejor que así sea; de este modo no volverá á vagabundear y no seguirá deshonrándote; ¡bueno fuera que después de haberte hecho tanto daño cuando se encontraba sana y joven, hiciese hoy un arma de su miseria y enfermedad para exigir el sacrificio de tu dicha!... ¡Ah! esto no debes permitirlo de ninguna manera.

«¡No, no es posible que realices tan fatal aberración! Á menos que ya no me ames y aproveches la ocasión para... ¡No, no, no! ¡No quiero dudar de ti, de tu lealtad y de tu amor!