«19 septiembre.
«Margarita: Tu billete ha helado la sangre de mis venas; creo que mi destino está ya decidido, pero una tenue esperanza me anima aún. No, no puedo acudir á la cita; aunque quisiera, no podría. No iré mientras no me des una palabra de esperanza. Sólo entonces correré á tu lado para darte las gracias, arrodillarme á tus pies y adorarte como á una santa. Pero ahora no, no puedo y no quiero. Cuanto te escribí la pasada noche es mi irrevocable decisión; escríbeme, no permitas que esta espera terrible me mate.
«Tu desgraciadísimo
A.».
«19 septiembre, á media noche.
«Anania, Nino mío: He estado esperándote hasta ahora, palpitante de pena y de amor, pero tú no has venido, tal vez no vendrás nunca y yo te escribo, en las dulces horas de nuestras citas, con la muerte en el alma y llenos de lágrimas los ojos. La pálida luna recorre el cielo todo nublado, la noche es melancólica, casi lúgubre y me parece que toda la creación está triste por la desventura que pesa sobre nuestro amor.
«Anania, ¿por qué me has engañado?
«Ya sabía, como tú dices, quién eras tú, y te amaba precisamente porque soy superior á los prejuicios humanos, porque quería recompensarte de las injusticias que el destino te había causado, y sobre todo porque creía que también tú estabas por encima de los prejuicios y habías puesto en mí toda la vida, como yo había puesto toda la mía en ti.