«18 de septiembre, á las dos de la noche.
«Margarita: Acabo de llegar á casa después de haber paseado á la ventura por las calles del pueblo. Temo enloquecer y este temor me obliga á confiarte—después de una larga é indecible indecisión—la pena que me mata. Quiero ser breve. Margarita, tú sabes quién soy yo; tú sabes que soy hijo del pecado, abandonado por mi madre, más desgraciada que culpable; he nacido bajo una mala estrella y debo expiar delitos que no he cometido. Inconsciente de mi triste destino, impulsado por la fatalidad, he arrastrado conmigo, al abismo de donde nunca más podré salir, á la criatura á quien quiero sobre todas las criaturas de la tierra: Á ti, Margarita... ¡Perdóname, perdóname, Margarita mía! Esto es lo que más siento, en medio de mi inmenso dolor, éste es el remordimiento que no me abandonará en todo lo que me resta de vida, si es que vivo... Óyeme: Mi madre no ha muerto; después de una vida de culpas y desdichas, se ha presentado ante mí como un fantasma. La pobre, está enferma, envejecida por el dolor y las privaciones. Mi deber (tú misma lo piensas en este momento) es redimirla. Y he decidido vivir con ella, trabajar para sostenerla y sacrificarle mi vida si hace falta para cumplir mi deber.
«Margarita; ¿qué más debo decirte? Nunca como ahora he sentido la necesidad de descubrirle mi alma semejante á un mar tempestuoso, y nunca he sentido faltarme las palabras como me faltan ahora, en este momento decisivo de mi vida.
«Hasta la razón me falta; aún conservo en mis labios el perfume de tus besos y tiemblo de pasión y de angustia... ¡Margarita, Margarita mía, mi vida está en tus manos! Ten piedad de mí y de ti. ¡Sé buena como yo he soñado! Piensa que la vida es breve y que la única realidad de la vida es el amor, y que ningún hombre de la tierra te amará como te amo, y como te amaré. No pisotees nuestra felicidad á causa de los humanos prejuicios, de los prejuicios que fueron inventados por los hombres envidiosos, para hacerse unos á otros desdichados. Tú eres buena, estás por encima del nivel ordinario; dame por lo menos una esperanza.
«Pero ¿qué estoy diciendo? Me vuelvo loco; perdóname y acuérdate de que suceda lo que suceda, siempre seré tuyo, eternamente tuyo. Contéstame en seguida...
A.».
«19 septiembre.
«Anania: Tu carta me ha parecido una horrible pesadilla. Tampoco yo encuentro palabras para expresarme. Ven esta noche, á la hora de siempre, y decidiremos juntos nuestro destino. Yo soy quien debe decir: mi vida está en tus manos. Ven, te espera ansiosamente...
M.».