Y, en efecto, á las cuatro pasó por delante de la puerta de casa Margarita y no se atrevió á entrar ni á llamar. Y pasó completamente avergonzado, pensando volver más tarde, pero convencido en el fondo de no atreverse jamás á una entrevista con su padrino.
Transcurrieron de este modo dos días y dos noches, en una verdadera lucha de pensamientos cambiantes como olas agitadas. Nada parecía cambiado ni en su vida ni en sus costumbres; había reanudado las lecciones á los estudiantes en vacaciones, leía, comía, pasaba por delante de la ventana de casa Margarita y al verla la miraba con vehemencia; pero durante la noche tía Tatana le oía pasear por la alcoba, bajar al patio, salir, entrar, dar vueltas; parecía un alma en pena, y la buena mujer le creía enfermo.
¿Qué esperaba?
El día siguiente después de su regreso, viendo á un hombre de Fonni atravesar la calle, se puso pálido como un muerto.
Sí, esperaba algo... algo horrible; la noticia de que ella había desaparecido de nuevo; y comprendía perfectamente su vileza, pero al propio tiempo estaba pronto á realizar su amenaza: «la seguiré, la mataré, me mataré después». Había momentos en que le parecía que nada de aquello era verdad; en casa de la viuda sólo había la vieja, con su capotón y sus leyendas; nadie más... nadie más...
La segunda noche después de su regreso oyó á tía Tatana contar un cuento á un chiquillo de la vecindad: «...La mujer huía, huía, echando clavos que se multiplicaban, se multiplicaban y cubrían todo el campo. El señor Dragón la perseguía, la perseguía, pero no conseguía alcanzarla porque los clavos le agujereaban los pies...».
¡Qué placer más lleno de angustia había despertado aquel cuento en Anania, cuando niño, especialmente durante los primeros días después de su abandono! Aquella noche soñó que el hombre de Fonni, que había visto dos días antes, le había traído la noticia: se había escapado... él la perseguía... la perseguía... por un campo lleno de clavos... Allí está, allí, en el horizonte; dentro de un momento la alcanzará y la matará, pero tiene miedo, tiene miedo... porque no es Olí; es un pastor que canta, el mismo pastor que pasó por la callejuela mientras tía Tatana estaba en casa del señor Carboni... Anania corre, corre; los clavos no le pinchan y, sin embargo, él quisiera que le pinchasen... Olí convertida en pastor canta; canta los versos de Lenau: Los bandidos en la taberna de la landa, que desde hace dos días no se aparta del pensamiento de Anania; ¡ya! ya casi la alcanza, ya va á matarla, y un frío de muerte le hiela...
Despertó cubierto de un sudor frío, mortal; el corazón apenas latía, y prorrumpió en sollozos de violenta angustia.
El tercer día, extrañada Margarita de que no le escribiese, le invitó á la cita de costumbre. Acudió á ella, contó la expedición, se abandonó á sus caricias, como un cansado viajero se abandona sobre el césped, á la sombra de un árbol, á la orilla del camino; pero no pudo decir una sola palabra del terrible secreto que le consumía.