—Además ¿por qué debo mandarle la bolsita? ¿Por qué debo complacerla?—decía entre sí, arrojando el pañuelo con la rezetta contra la pared.—Pero en seguida lo recogió del suelo y se calmó.

—Lo haré por tía Grathia—pensó.

—Á las cuatro iré á casa del señor Carboni y se lo contaré todo. Es preciso resolverlo hoy mismo, y portarme como un hombre. Y ahora, á dormir.

Se echó sobre la cama y cerró los ojos. Eran cerca de las dos de una tarde calurosísima y silenciosa. Anania tenía aún en los oídos el ruido del viento, recordaba el frío de la noche anterior en Fonni, y sentía una extraña impresión. Le parecía haber bajado al fondo de un abismo lleno de peñas, rodeado de montañas de mucha pendiente, áridas, que reducían aún más el breve horizonte; del fondo de su alma brotaban mil ideas extravagantes, innumerables sensaciones lejanas; recordaba las febriles noches pasadas en Roma, el fragor del viento en Bruncu Spina, una poesía de Lenau: Los bandidos en la taberna de la landa, la canción del pastor que pasó por la callejuela la tarde que la tía Tatana fué á pedir la mano de Margarita. Y en el fondo de su pensamiento aparecía siempre sombríamente la cocina de la viuda, el capote negro y vacío como un símbolo, y la figura de Olí con sus ojazos de gato salvaje. ¡Qué dolor y qué tristeza le producían ahora aquellos ojos!

Estuvo mucho tiempo sin moverse, sin poder dormir, pero con los ojos obstinadamente cerrados, sumergido en profundo entorpecimiento.

—¿Y si me hiciera fraile?—pensó de pronto.

Después pensó en la muerte, extrañándose de que esta idea no se le hubiese ocurrido antes.

—Nada hay tan seguro como la muerte; y sin embargo, nos parece imposible que pueda llegar, y nos atormentamos por cosas que pasarán inexorablemente. Todo pasará; todos moriremos; ¿á qué sufrir?... ¿Y si á las cuatro me suicidara? Sí.

Durante unos momentos esta resolución heló la sangre en sus venas. Después pasó, pero dejándole una opresión tan espantosa que sintió la necesidad de moverse para librarse de ella. Sólo entonces advirtió que, en el fondo, aun cuando creía ser presa de la más profunda desesperación, seguía siempre esperando.

—¡Margarita! ¡Margarita! Hablaré con ella esta noche; me dirá que no diga nada á su padre, que espere, que finja. No, no quiero ser cobarde. Quiero ser hombre. Á las cuatro estaré en casa del señor Carboni.