—¡No, por caridad, alhaja de la casa, no me escribas! Yo no sé leer y no quiero que nadie se entere de tus cosas.
—¿Entonces...?
—Mira, mándame una señal. Mira, si ella no te rechaza me mandas la rezetta envuelta en un pañuelo blanco; y si te rechaza, la mandas envuelta en un pañuelo de color...
Prometió contentar á la vieja, aprobando su idea ingeniosa.
—¿Cuándo volverás?
—No lo sé; seguramente no tardaré mucho, apenas haya arreglado mis asuntos.
Partió sin volver á ver á Olí, que por fin se había dormido; una inmensa angustia le dominaba; el viaje le parecía eterno y, sin embargo, tenía deseos de no llegar nunca á su destino... Aún le sostenía una muy débil esperanza.
—Ella me ama—pensaba,—tal vez me ama como tía Grathia amaba á su marido. Su familia me despreciará, no querrán saber nada de mí; pero ella me dirá: te esperaré, te amaré siempre... Pero ¿qué podré prometerle? Ahora mi porvenir ha sido destruido.
Otra esperanza, esperanza inconfesable, fermentaba en el fondo de su alma: que Olí se escapase; no se atrevía á revelársela á sí mismo, pero la sentía, la sentía, á su pesar corría por su sangre como una gota de veneno, y se avergonzaba de ello, comprendía toda su vileza, pero no podía desprenderse de ella... Cuando había exclamado: «la mataré y me mataré después» había sido sincero, pero ahora todo le parecía una horrible pesadilla; y al volver á ver la carretera y los paisajes que tres días antes había recorrido con tanta alegría en el alma, y al acercarse á Nuoro, el sentido de la realidad le atormentaba dolorosamente.
Apenas llegó buscó la bolsita y, por una idea supersticiosa—pues creía que las cosas previstas no se realizan,—la envolvió en un pañuelo de color. Pero después pensó que los tristes sucesos de aquellos días siempre los había esperado y previsto, y se irritó contra su puerilidad.