Durante el delirio pasó por su mente una duda: que Anania no fuese su hijo. No, era demasiado cruel y despiadado; ella, que había sido atormentada por todas las personas con quienes tropezó en la vida, no podía convencerse de que su hijo debiera torturarla aún más que los otros.
Delirando contó á tía Grathia que había colgado aquella rezetta al cuello de Anania para poderle reconocer cuando fuera rico.
—Yo quería ir á encontrarle, un día, cuando fuese vieja, muy viejecita, apoyada en un bastón. ¡Pom! ¡pom! llamaba á la puerta. «¡Soy María Santísima convertida en mendiga!». Los criados se reían y llamaban al amo. «Viejecita ¿qué quieres?». Yo sé que llevas una bolsita colgada al cuello así y asá; y sé quién te la dió; si ahora tienes muchas tancas y criados y bueyes lo debes á aquella pobre alma de la cual sólo quedan ahora siete onzas de polvo. Adiós, dame un poco de pan con miel. «Y perdona á aquella pobre alma». «Muchachos, persignaos, esta viejecita que todo lo adivina es María Santísima...». Ja, ja, ja... la rezetta, la quiero... no es... él... La rezetta... la rezetta...
Apenas fué de día la tía Grathia entró en el cuarto de Anania y se lo contó todo.
—¡Ah!—exclamó con amarga sonrisa—¡sólo esto faltaba! ¡que dudase! ¡Ya le haré ver si soy ó no soy su hijo!
—Hijo mío, no seas mal hijo; conténtala por lo menos en una cosa tan insignificante...—suplicó la tía Grathia.
—Pero si no sé dónde para aquella bolsita; la eché no sé dónde; si la encuentro se la mandaré.
Tía Grathia insistió para poder saber el resultado del coloquio que Anania debía tener con su prometida.
—Si verdaderamente te quiere se alegrará de tu buena acción—le dijo para confortarle.—No, no te rechazará, aun cuando le digas que tú no reniegas de tu madre. ¡Ah! ¡el verdadero amor no mira las cosas del mundo! yo amaba locamente á mi marido cuando todos los demás le despreciaban...
—¡Veremos!—exclamó Anania melancólicamente,—ya escribiré...