—Oiga—dijo con voz firme;—acabemos de una vez. Está todo decidido y no hay más que hablar. No dará un solo paso sin que yo lo sepa. Y tenga bien presentes mis palabras cual si fueran pronunciadas por un moribundo: si hasta ahora he podido soportar la deshonra y el dolor de su vida vergonzosa, era porque no podía impedirlo y porque esperaba poner fin á tal estado de cosas. Pero de hoy en adelante ya será otra cosa. ¡Si se atreve á marcharse de aquí, la perseguiré, la mataré y me mataré después! ¡Por lo que me importa la vida!...
Olí le contemplaba con una especie de terror; en aquel momento era parecidísimo al tío Miguel, á su padre, cuando la había echado de la caseta: los mismos ojos fríos, el mismo rostro tranquilo y terrible, la misma voz cavernosa, el mismo acento inexorable. Creyó ver el fantasma del viejo que resucitaba para castigarla y sintió á su alrededor todo lo horrible de la muerte. No dijo una palabra más, y se acurrucó en el suelo, temblando de espanto y desesperación.
Una noche triste cubrió el pueblecito barrido por el viento.
Anania, que no había podido encontrar un caballo para marchar en seguida, tuvo que pasar la noche en Fonni, una noche extraña, una noche parecida á la primera de un condenado á muerte después de la sentencia.
Olí y la viuda quedaron largo tiempo en vela junto al fuego; Olí sentía el frío precursor de la fiebre, tiritaba, bostezaba y gemía. Como en una noche lejana el viento retumbaba sobre la cocina guardada por el negro capotón del bandido, y la viuda hilaba, á la luz amarillenta de las llamas, impasible y pálida como un espectro; pero ahora no se entretenía en contar á la huéspeda la historia de su marido, y ni siquiera trataba de consolarla. Sólo, de vez en cuando, le suplicaba inútilmente que se fuera á la cama.
—Me acostaré si me hacéis un favor—dijo por fin Olí.
—Habla.
—Preguntadle si aún conserva la rezetta que le entregué el día que nos escapamos de aquí, y rogadle que me la enseñe.
La vieja lo prometió y Olí se levantó del escabel; todo su cuerpo temblaba, y bostezaba tanto que sus quijadas crujían. Deliró toda la noche, presa de la fiebre; á cada momento pedía la rezetta, lamentándose infantilmente porque la tía Grathia, que estaba acostada al lado, no iba á pedírsela á Anania.