—Basta—se repetía á sí mismo, dejándose caer sentado en un rincón de la cocina y cogiéndose la cabeza entre las manos.—He dicho que no, y basta. Acabemos de una vez—añadió con voz ronca.
Pero Olí vió que por lo contrario había llegado el momento de luchar; ya no tenía miedo y se atrevió á todo.
—Óyeme—dijo con voz humilde, siempre más humilde,—¿por qué quieres labrar tu desgracia «hijo mío»? (Sí, ella tuvo el valor de llamarle así, y él no protestó). Lo sé todo... Sé que debes casarte con una muchacha rica y guapa; si se entera de que tú no reniegas de mí, te rechazará. Y tendrá razón; porque una rosa no puede vivir en medio de podredumbre... Hazlo por ella; déjame marchar, y creerá siempre que ya no existo. Ella es inocente ¿por qué debe sufrir? Yo marcharé lejos, cambiaré de nombre, desapareceré arrastrada por el viento. Ya basta el mal que te hice involuntariamente... sí... involuntariamente; no, hijo mío, no quiero causarte más daño. ¡Ah! ¿cómo es posible que una madre pueda causar daño á su hijo? Déjame, déjame marchar.
Él tuvo ganas de gritar: «Y sin embargo, sólo me ha causado daño en su vida», pero se dominó. ¿Á qué gritar? Era inútil é indecoroso; no, no quería gritar; con la cabeza cogida entre las manos, y con voz al propio tiempo quejumbrosa é iracunda, seguía diciendo:—No, no, no.
Comprendía que Olí tenía razón en el fondo, y que quería marcharse sólo para no hacerle desgraciado; pero precisamente la idea de que en aquel momento se mostraba más generosa y consciente que él, le irritaba y la hacía aún más odiosa. Ella se había transformado; sus ojos relucientes le miraban suplicantes y amorosos; y cuando repetía «Déjame marchar», su voz aún juvenil vibraba con dulzura infinita y todo su rostro expresaba indefinible tristeza.
Tal vez un sueño suave, que hasta entonces nunca había iluminado el horror de su existencia, acariciaba su alma: quedarse, vivir para él, encontrar por fin la paz. Pero desde lo más hondo del alma primitiva el instinto del bien—la chispa que se oculta hasta en la sílice—la impulsaba á no hacer caso de aquel sueño. Una sed de sacrificio la devoraba, y Anania lo comprendía y veía por fin que ella también quería, á su modo, cumplir con su deber, del mismo modo que él quería cumplir con el suyo. Pero él era el más fuerte y quería y debía vencer por todos los medios, haciendo uso de la violencia, con la necesaria crueldad del médico que para curar al enfermo raja y corta.
De pronto ella se echó á sus pies, empezó á llorar, á suplicar y gritar. Anania siguió siempre contestando que no.
—¿Qué debo hacer entonces?—decía sollozando.—Virgen María ¿qué debo hacer? ¿Será preciso que te abandone otra vez engañándote? ¿que te haga el bien á la fuerza? Sí, yo te abandonaré, me marcharé. Tú no puedes mandar en mí. No sé quién eres... Soy libre... y me marcharé.
Él alzó la cabeza y la miró.
Ya no se mostraba colérico; pero sus ojos fríos y su rostro pálido, envejecido repentinamente, infundían espanto.