—Déjame marchar, te lo suplico; aún puedo trabajar. Tú no volverás á saber nada de mí; desapareceré como hoja arrastrada por el viento...

Se puso pensativo; una terrible tentación le asaltó. ¡Dejarla marchar! Durante un fugaz momento una alegría loca resplandeció en su alma, al solo pensamiento que todo podía convertirse en una triste pesadilla; una palabra sola y el sueño se desvanecía y volvía la dulce realidad... Pero de pronto tuvo vergüenza de sí mismo; y su cólera aumentó y sus gritos resonaron de nuevo en la tétrica cocina.

—¡No!

—Eres una fiera—murmuró Olí;—no eres una persona; eres una fiera que muerde sus propias carnes. Déjame marchar, por Dios, déjame...

—¡No!

—¡Verdaderamente eres una fiera!—confirmó la tía Grathia, mientras Olí callaba y parecía vencida.—¿Qué necesidad tienes de berrear de este modo? ¡Nooo...! ¡Noo...! ¡Noo...! Desde la calle te oyen y creerán que aquí dentro hay un toro encerrado. ¿Esto es lo que te han enseñado en la escuela?

—En la escuela me han enseñado esto y otras cosas—contestó bajando la voz que se le había puesto ronca.—Me han enseñado que el hombre antes que dejarse deshonrar debe morir... ¡Pero no me podéis comprender! Terminemos de una vez y á ver si os calláis las dos...

—¿Que yo no te entiendo? ¡Pues te entiendo perfectamente!—protestó la vieja.

Nonna, ¿de veras me entiende? Pues acuérdese... Pero ¡basta! ¡basta!—exclamó él, agitando las manos, fatigado, asqueado de sí mismo y de todos.

Las palabras de la vieja le habían impresionado; volvía á ser consciente, recordaba que siempre se había considerado como un ser superior y quería poner fin á la escena dolorosa y vulgar.