—Escúchame, escúchame por tu bien—insistió, afrontando la cólera del joven.—No seas cruel conmigo, que he sido víctima de toda maldad humana, cuando me han dicho que eres indulgente con tu padre, con aquel miserable que fué la causa de mi desgracia...

—¡Tiene razón!—dijo la viuda.

—¡Á callar!—exclamó Anania.

Olí siguió tomando más ánimo.

—Yo no sé hablar—dijo,—yo no sé expresarme porque las desgracias me han entontecido; pero voy á decirte una sola cosa: ¿no saldría ganando quedándome aquí? ¿si quiero marcharme no es por tu bien? Responde. ¡Ah! ¡ni siquiera me escucha!—dijo, volviéndose hacia la viuda.

Anania había empezado de nuevo á dar paseos por la cocina y verdaderamente parecía no escuchar las palabras de Olí; pero de pronto estremecióse y gritó:

—¡Escucho!

Ella siguió hablando humildemente, contenta en el fondo de que ya no la amenazase:

—¿Por qué quieres que me quede? Déjame seguir mi camino; y así como un día te causé un mal, deja ahora que te haga un bien. Déjame marchar; yo no quiero servirte de estorbo; déjame marchar... por tu bien...

—¡Nooo...!—exclamó.