«Nuoro, 20 septiembre.
«Mi querido padrino: Quería ir en persona para decirle lo que ahora voy á escribirle, pero en este mismo momento recibo de Fonni la noticia de que mi madre está gravemente enferma y me veo obligado á partir inmediatamente. Tenía que decirle lo siguiente:
«Su hija me acaba de avisar que retira su promesa de matrimonio, que nos habíamos dado con el consentimiento de ustedes. Su hija le podrá explicar mejor, si es que ya no lo ha hecho, la causa de su resolución, que yo acepto completamente por mi parte. Nuestros caracteres son demasiado diversos para que podamos entendernos: por fortuna nuestra y de las personas queridas, hemos hecho á tiempo este triste descubrimiento, que si bien ahora nos causa una pena, nos evita cometer un error que podría haber sido la desgracia de toda la vida.
«Su hija seguramente será todo lo feliz que merece y encontrará un hombre digno de ella; nadie lo desea más que yo; yo... seguiré mi destino...
«¡Querido padrino! ¡al leer esta carta, después de las explicaciones de su hija, no me acuse de ingrato ni de orgulloso! No; suceda lo que suceda, quede ó no libre de cumplir gravísimos deberes hacia mi desgraciada madre, doy por terminada toda relación entre mi persona y su familia y renuncio á toda protección que sería absurda y humillante para todos; pero en el corazón conservaré siempre, mientras quede en mí un soplo de vida, el agradecimiento y sobre todo la veneración hacia usted.
«En estos dolorosos momentos de la vida, mientras los sucesos me llevan á desesperar de todo y de todos, y especialmente de mí mismo, su figura, querido padrino, su figura buena y caritativa me guía aún, como me ha guiado desde el primer día que le conocí: es como un rayo de esperanza en la honradez humana. Y el deber de mi gratitud hacia usted me anima á vivir, mientras la luz de la vida se apaga á mi alrededor... No sé qué decirle; pero el porvenir le demostrará mejor mis sentimientos y espero que no llegará á arrepentirse de haberme protegido.
«Su agradecidísimo
«Anania Atonzu».
Á las tres de la madrugada Anania iba ya camino de Fonni, montado en un caballo tuerto que verdaderamente no se portaba como lo exigían las circunstancias. ¡Ay!, ¿para qué ocultarlo? Anania no llevaba prisa, aun cuando el conductor del coche-correo, por medio de quien la tía Grathia mandó el recado de la gravedad de Olí, le dijese: