—Es necesario que marche en seguida; tal vez ya la encuentre muerta.
Durante largo rato Anania pensó solamente en la carta que él mismo, al pasar, había entregado á la criada del señor Carboni.
—Me despreciará—pensaba.—Dará la razón á su hija cuando ésta le cuente mis extrañas pretensiones. Sí; cualquiera otra hubiese obrado como ella; comprendo que es mía la culpa, pero también yo hubiese obrado del mismo modo con cualquiera otra mujer...
Después recordó las últimas líneas de su carta.
—Producirán buena impresión. Tal vez debía haber añadido que la culpa es toda mía, pero que no podía obrar de otra manera; pero quiá, ellos no podrán comprenderme, ni tampoco podrán perdonarme. Todo ha terminado.
Improvisamente sintió un ímpetu de alegría recordando que su madre se estaba muriendo; y en seguida trató de horrorizarse de sí mismo.
—Soy un monstruo—pensó; pero su alegría era tan profunda y cruel que hasta las palabras «soy un monstruo» le sonaron á algo burlesco y alegre.
Pero poco después sintió verdadero horror de sus sentimientos.
—Se muere—pensó—y yo soy quien la mata; se muere de miedo, de remordimientos y de pena. Sí, el otro día la vi encorvarse, acurrucarse, con los ojos llenos de desesperación; mis palabras la han herido como si fueran puñales. ¡Qué cosa más asquerosa es el corazón humano! Estoy gozándome en mi delito y me alegro como un prisionero que recobra la libertad después de haber matado al carcelero; y en cambio llamo vil á Margarita y la desprecio porque con toda sinceridad declara que no puede querer á una mujer perdida. ¡Yo, yo soy mucho más vil! ¡cien veces más vil! ¿Pero puedo tener otros sentimientos? ¡Qué ráfagas de espantosas contradicciones, de fuerzas malvadas arrastran y retuercen el alma humana! ¿Y por qué, comprendiendo y odiando estas fuerzas, no podemos vencerlas? El Mal es el dios que gobierna al universo; un dios monstruoso que vive en nuestro interior como el rayo en la nube, y estalla á cada momento. Y tal vez, mientras me alegro por la muerte probable de aquella desdichada, esta misma potencia infernal que nos oprime y se burla de nosotros, hace mejorar á la infeliz y la cura para castigarme.
Esta idea le entristeció durante un buen rato; y sintió el horror de aquella tristeza, como antes había sentido el horror de su alegría; pero no pudo dominarse.