Le cogió la puesta del sol entre Mamojada y Fonni: una dulzura inmensa cubría el rosado paisaje; las sombras se extendían y descansaban sobre la dorada alfombra del rastrojo, evocando la idea de personas entregadas al sueño, y las rojas montañas casi se fundían con el cielo también rojo, en el cual la luna parecía un pedacito de uña nacarada.
Anania empezó á sentirse menos malo; también su alma se elevaba hacia un paisaje místico y puro.
—Hubo un tiempo en que creí ser bueno—pensaba—y era mentira, mentira y siempre mentira. Al pensar en ella me exaltaba como al pensar en Margarita; creía amarla y poderla, redimir, dando de este modo un fin útil á mi existencia, y por lo contrarío he sido causa de su muerte. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Qué haré de mi libertad? ¿De mi miserable tranquilidad qué debo hacer? Ya no puedo ser feliz; no creeré ni en los demás ni en mí mismo. Ahora, sí, ahora sí que puedo saber lo que es el hombre; es una llama loca que pasa por la vida reduciéndolo todo á cenizas, y sólo se apaga cuando no le queda nada por destruir...
Á medida que iba subiendo, el ocaso se hacía más espléndido; al pasar por bajo un árbol paró el caballo para poder contemplar un trozo del paisaje que parecía un cuadro simbólico: las montañas habían tomado un color violeta; una gran nube del mismo color oscurecía la parte más alta del cielo; y entre la nube y las montañas veíase una atmósfera color de oro y un sol carmesí sin rayos. En aquel momento, sin saber por qué, Anania se sintió bueno; bueno y triste. Llegó á desear sinceramente la curación de su madre; creyó sentir por ella una piedad infinita, y el hermoso sueño infantil de una vida de sacrificio, dedicada enteramente á la redención de la infeliz, brilló en su alma, grande y melancólico como aquel sol moribundo.
Y en seguida advirtió que soñaba bien inútilmente—porque en aquel momento nadie le quedaba—y comparó su tardía generosidad á un arco-iris sobre unos campos arrasados por el huracán: esplendor inútil.
—¿Qué haré?—repetíase desesperadamente.—Ya no puedo amar, ya no puedo creer. La novela de mi vida ha terminado. Terminado á los veintidós años, cuando para los demás empieza.
Llegó á Fonni ya de noche.
La luna nueva iluminaba melancólicamente el callado pueblecito, cayendo sobre el claro cielo recortado por el negro perfil de los techos de tablas. El aire era fresco y perfumado; se oían distintamente los tintineos de las cabras regresando de pastar, las pisadas de los caballos y los ladridos de los perros; Anania pensó en Zuanne y recordó su infancia lejana como no la había recordado durante su primera estancia en Fonni.
Su llegada á la casa de la viuda hizo asomar á las ventanucas, á las puertecitas, á los balconcitos de madera de las casitas vecinas, muchas cabezas curiosas. Debían esperar su llegada; oyó á su alrededor un cuchicheo misterioso que le envolvía, oprimiéndole como si fuera una cadena pesada y fría.