—¡Debe haber muerto!—pensó, desmontando del viejo caballo que se quedó inmóvil.

Tía Grathia salió en seguida á la puerta con una luz en la mano; estaba más cadavérica que de costumbre, con sus ojillos rojos hundidos en un gran círculo lívido.

Anania la miró inquieto.

—¿Cómo está?—preguntó, esforzándose para dar un tono de desconsuelo á su voz.

—¡Ah! ¡Está bien! ¡Ha terminado su penitencia en la tierra!—contestó la vieja con trágica solemnidad.

Anania comprendió que su madre había muerto; no se entristeció pero tampoco sintió alivio alguno.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué no me ha avisado V. antes? ¿Á qué hora ha expirado? ¿Podré, por lo menos, verla?—preguntó con ansia en parte verdadera y en parte fingida, entrando en la cocina iluminada por una gran hoguera. Sentado junto al hogar vió á un campesino que parecía un sacerdote egipcio, pálido, con una larga barba negrísima cuadrada, y dos ojos negros, redondos, desmesuradamente abiertos. Al ver á Anania, aquel tipo extraño, que tenía un gran rosario negro entre las manos, le miró ferozmente, y el joven lo advirtió y empezó á sentir una misteriosa inquietud. Una idea terrible pasó por su mente. Recordó el aire de embarazo del cochero que le dió la noticia de la grave enfermedad de su madre; recordó que pocos días antes había dejado á Olí delicada, pero no seriamente enferma, y empezó á creer que se le ocultaba algo horrible. Todo esto lo pensó en un instante mientras la viuda, que seguía cerca de la puerta, decía al campesino:

—Fidel, cuida del caballo; toma, ahí tienes paja. Muévete.

—¿Á qué hora ha muerto?—preguntó Anania, volviéndose hacia el campesino cuyos ojos negros, redondos como dos agujeros, le sugestionaban extraordinariamente.

—¡Á las dos!—le contestó una voz de bajo profundo.