—¡Á las dos! ¡Á la hora misma en que recibía la noticia! ¿Por qué no me habéis avisado antes?

—¿Qué podías hacer tú?—observó la viuda cuidando siempre del caballo.—Muévete. Fidel, hijo mío—añadió algo impaciente.

—¿Por qué no me ha avisado antes?—repetía Anania con voz quejumbrosa, encorvándose automáticamente para quitarse las espuelas.—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho el médico?... ¡Dios mío, Dios mío!... ¡y yo sin saber nada!... ¡Quiero verla!

Se puso derecho y lanzóse hacia la escalerilla; pero la tía Grathia, siempre con la luz en una mano, le siguió y detuvo cogiéndole por un brazo.

—¿Qué te pasa, hijo mío?... ¿Qué quieres ver?... ¡Un cadáver!—gritó, casi aterrada.

Anania se turbó profundamente.

—¡Nonna!—exclamó—¿cree que tengo miedo? ¡Suélteme!

—¡Bueno, te suelto... pero espera!—dijo la vieja y empezó á subir delante de él la escalerita de madera; su sombra deforme tembló sobre el muro, alargándose hasta el techo.

Ante la puerta del cuarto donde yacía la muerta, tía Grathia se paró dudando y de nuevo estrechó el brazo de Anania; advirtió que la vieja temblaba y sin saber por qué sintió también un calofrío.

—Hijo—dijo tía Grathia en voz baja, casi en secreto—no te asustes.