Anania palideció; el pensamiento deforme y monstruoso, como la sombra temblante sobre las paredes, que hacía un momento le atormentaba, tomó forma llenándole el alma de terror.

—¿Qué ha pasado?—gritó, adivinando por completo la horrible verdad.

—¡Hágase la voluntad del Señor...!

—¿Se ha suicidado?

—Sí...

—¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡Qué horror!—exclamó, y sus cabellos se le erizaron y sintió resonar su voz en el lúgubre silencio de la casita. Pero se dominó en seguida y él mismo empujó la puerta.

Sobre el camastro, donde él había dormido, vió el cadáver delineado bajo la sábana que lo cubría; por la abierta ventana entraba el aire fresco de la tarde, y la llama de un cirio que ardía junto á la cama, parecía querer escaparse, huir hacia la noche fragante.

Anania se acercó á la cama y cautamente, como si temiera despertarle, descubrió el cadáver. Una venda, llena de manchas negruzcas de sangre ya seca, rodeaba su cuello, pasaba por bajo la barbilla y por detrás de las orejas, y se ataba entre los espesos cabellos de la muerta; en este trágico marco su rostro se dibujaba grisáceo, con la boca aún torcida por el espasmo; á través de sus grandes párpados entornados se descubría la línea vítrea de los ojos.

Anania comprendió en seguida que Olí se había cortado la carótida y, siniestramente impresionado por las manchas de sangre, volvió á tapar aquel rostro, dejando, sin embargo, algo descubiertos los cabellos enredados en lo alto de la almohada; los ojos de Anania se habían llenado de terror, en su boca se dibujaba una mueca, imitando la contorsión espasmódica de la boca de la muerta.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué horror, qué horror!—dijo entrelazándose los dedos y sacudiendo con desesperación las manos.—¡Sangre! ¡Ha derramado su sangre! ¿Cómo ha sido? ¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Se ha cortado la garganta? ¡Qué horror! ¡Cuán culpable soy! ¡Dios mío! ¡Dios mío!... No, no tía Grathia, no cierre... me ahogo, me ahogo. He sido yo quien le ha dicho que se matase... ¡Ay! ¡ay!...