Y sollozó, sin derramar una lágrima, ahogado por el remordimiento y el espanto.

—Ha muerto desesperada—añadió—y sin que yo le haya dicho una sola palabra de consuelo. Después de todo era mi madre y sufrió al darme á luz... ¡Y yo... yo la he matado... y vivo!

Nunca como entonces, ante el terrible misterio de la muerte, había sentido toda la grandeza y el valor de la vida. ¡Vivir! ¿No bastaba, para ser feliz, vivir, moverse, sentir en las noches serenas el murmullo de la perfumada brisa? ¡La vida! ¡La cosa más bella y más sublime que una voluntad eterna é infinita ha podido crear!—Y él vivía; y debía la vida á la miserable criatura que ahora tenía ante sus ojos, privada de este inmenso bien. ¿Por qué no había pensado nunca en aquello? Nunca había comprendido el valor de la vida, porque nunca había visto de cerca el horror y el vacío de la muerte. Y sólo ella, sólo ella le había revelado, con el dolor de su muerte, la suprema alegría de vivir; ella, pagando con su propia vida, le hacía nacer por segunda vez, y esta nueva vida moral era inconmensurablemente más grande que la primera.

Una venda le cayó de los ojos; vió toda la mezquindad de sus pasiones, de sus odios, de sus pasados dolores. ¡Había sufrido al pensar que su madre había pecado, que lo había abandonado y había vivido en la deshonra! ¡Imbécil! ¿Qué importaba todo aquello? ¿Qué importaban todas aquellas nimiedades ante la grandeza de la vida? ¿No bastaba que Olí le hubiese dado á luz, para que fuera para él la primera de las criaturas humanas, y tuviese que amarla y estarle reconocido?

Siguió sollozando, con el corazón lleno de un extraño sentimiento de angustia, á través del cual llegaba hasta él la alegría de vivir. Sí, sí, sufría, y por consiguiente vivía.

La viuda se le acercó, cogió entre sus manos las suyas que estrechaba convulsamente, le consoló, le dió ánimos y después le suplicó que saliera.

—Vamos abajo, hijo mío, vámonos. No, no te atormentes; ha muerto porque debía morir. Tú has cumplido con tu deber y ella... tal vez también ella ha cumplido con el suyo, aun cuando el Señor nos haya dado la vida para que hagamos penitencia, obligándonos á vivir... Vamos abajo.

—¡Aún era joven!—dijo Anania, calmándose algo y mirando fijamente los cabellos de la difunta.—No, no tengo miedo, tía Grathia, espérese, quédese aquí un momento. ¿Cuántos años tenía? ¿Treinta y ocho? Dígame—preguntó después—¿á qué hora ha muerto? ¿Cómo ha sido? Cuéntelo todo. ¿Ha venido el juez?

—Vámonos; te lo contaré todo, vámonos—repetía la tía Grathia, dirigiéndose hacia la puerta.

Pero él no se movió; seguía mirando el pelo de la muerta, extrañándose de que fuese tan negro y tan abundante: hubiese querido taparlo con la sábana, pero sentía un extraño miedo de acercarse nuevamente al cadáver.