La viuda se acercó á la cama, tapó los cabellos y, cogiendo á Anania por las manos, lo arrastró consigo. Éste se volvió para mirar la mesita colocada junto á la pared, á los pies de la cama; después, cuando hubieron salido se sentó en un escalón.
La viuda colocó la luz en el suelo, sentóse también en la escalera, y empezó á contar una larga historia, de la cual conservó Anania, siempre vivos en la memoria, estos tristes fragmentos:
«...Siempre me estaba diciendo: ¡oh! me marcharé, ya verá, me marcharé, aunque él no quiera. Ya le hice bastante daño, tía Grathia; ahora es preciso que le libre de mi presencia, de manera que él no oiga mi nombre jamás. Le abandonaré por segunda vez, ahora que no quisiera separarme nunca de él... le abandonaré de nuevo para expiar la falta del primer abandono...».
«...Hizo afilar el cuchillito que siempre llevaba consigo...».
«...Cuando recibimos la bolsita envuelta en el pañuelo encarnado, se puso lívida; después rasgó un poquitín la bolsita y se echó á llorar...».
«...Sí, se cortó la garganta. Sí, esta mañana á las seis, mientras yo había ido á la fuente. Cuando volví la encontré en un lago de sangre; aún vivía, tenía los ojos extraordinariamente abiertos...».
«Toda la justicia, el sargento, el pretor y el secretario invadieron la casa. ¡Parecía esto un infierno! Todo el pueblo en la calle, las mujeres llorando como chiquillas. El pretor secuestró el cuchillo, me miró con ojos terribles, me preguntó si tú habías amenazado alguna vez á tu madre. Después vi que también él tenía los ojos llenos de lágrimas...».
«...Vivió casi hasta medio día; fué una agonía para todos. Hijo, ya sabes que he visto cosas horrorosas en mi vida; pero ninguna como la de hoy. No, no se muere de dolor, ni de piedad, porque hoy yo no me he muerto. ¡Ah! ¿por qué habremos nacido?»—y se calló y se echó á llorar.
Anania sintió una fuerte impresión al ver llorar á aquella extraña mujer, que el dolor parecía haber petrificado desde mucho tiempo atrás; y él, que la noche antes había llorado de amor en brazos de Margarita, no pudo llorar de remordimiento ni de angustia; sólo de cuando en cuando le oprimía la garganta algún sollozo convulsivo.
Se levantó y rogó á la viuda que le dejara entrar un momento en la alcoba.