—Quiero ver una cosa...—dijo, con voz trémula de chiquillo.
La viuda cogió la luz, abrió la puerta, dejó pasar al joven y esperó; tan triste y negra, con aquel antiguo candil de hierro en la mano, parecía la figura de la Muerte en acecho. Anania se acercó de puntillas á la mesita, sobre la cual había visto su bolsita, medio rota y colocada en un platito de vidrio. Antes de tocarla la miró con algo de desconfianza, después la cogió y vació. De dentro de ella salió una piedrecilla amarilla y cenizas, cenizas ennegrecidas por el tiempo.
¡Cenizas!
Anania palpó repetidas veces, con las dos manos, aquella ceniza negra, restos de algún recuerdo amoroso de su madre; aquella ceniza que durante tantos años había llevado sobre su pecho, que durante tanto tiempo había oído los latidos más profundos de su corazón.
En aquel memorable momento de su vida, del cual comprendía no sentir aún toda la solemne significación, aquel montoncito de cenizas le pareció un símbolo del destino. Sí, todo eran cenizas: la vida, la muerte, el hombre, hasta el mismo destino.
Y sin embargo, en aquel momento supremo, vigilado por la figura de la vieja fatal que parecía la Muerte en acecho, y ante los restos de la más mísera de las criaturas humanas, que había muerto para el bien ajeno, después de hacer y sufrir el mal en todas sus manifestaciones, comprendió que entre las cenizas se oculta la chispa, origen de la llama luminosa y purificadora, y esperó, y amó la vida.
FIN
JUICIOS DE LA PRENSA
SOBRE
NOSTALGIA, de Gracia Deledda