Nadie denunció á la autoridad el abandono del pequeño Anania, y Olí pudo desaparecer sin ser molestada. Nunca se supo con certeza dónde se había marchado; alguien dijo que la había visto en el vapor que hacía la travesía de Cerdeña á Civitavecchia. Mucho tiempo después, un comerciante fonnense que había ido al continente á sus negocios, aseguró haber encontrado á Olí, en Roma, vestida de señora, en compañía de mujeres de vida alegre y que hasta habían pasado juntos algunas horas.
Todo esto se repetía en la almazara, ante el chiquillo que escuchaba todo oídos. Igual que un animal salvaje, en apariencia domesticado, siempre pensaba en la fuga; del mismo modo que en Fonni, viviendo con su madre, pensaba en escaparse para buscar á su padre, ahora que había encontrado á éste, soñaba en emprender un viaje para reunirse con Olí. Mejor si estaba lejos, más allá del mar; cuanto más lejos estuviese, más capaz se sentía de encontrarla. Y, sin embargo, él no la quería; no la quería, porque de ella había recibido más palizas que caricias, y además por la afrenta del abandono, del cual se sentía, instintivamente, avergonzado. Pero tampoco quería á su padre, aquel hombre chorreando aceite, que en los primeros momentos del abandono le había producido un terror y una repugnancia, de las cuales conservaba en el alma como una especie de reflejo; aquel hombre que le besaba á escondidas y ante la gente le maltrataba y humillaba continuamente.
Tía Tatana le protegía y le amaba, y él, poco á poco, le fué tomando cariño. Ella le lavaba, le peinaba, le vestía, le enseñaba las oraciones y las sentencias del rey Salomón, le llevaba á la iglesia, le acostaba y le daba de comer cosas muy buenas. En poco tiempo se transformó, engordó, convirtiéndose en un señorito, cambiando las bastas ropas fonnenses por un trajecito de fustán obscuro. Además empezó á hablar en nuorense y á copiar los modales desenvueltos de Bustianeddu.
Pero su corazoncito no cambiaba, no podía cambiar. Extraños sueños de fuga, de aventuras, de extraordinarios sucesos, se confundían en su pequeña alma con la instintiva nostalgia del lugar en que había nacido, de las personas y cosas que allí había dejado; con la añoranza de la salvaje libertad hasta entonces gozada; y finalmente con un oculto sentimiento, mezcla de piedad y vergüenza, al pensar constantemente, con secreto anhelo, en su ingrata madre.
Aquella pequeña bestia salvaje sentía el cambio brusco de costumbres, aun cuando estuviese ahora mucho mejor que antes; el pequeño ser racional deseaba algo desconocido, quería tener á su madre, porque todos la tenían, y porque el no tenerla le causaba, más que dolor, humillación. Ya comprendía que ella no podía vivir con el almazarero porque éste tenía otra mujer; pero entre ellos dos, prefería vivir con su madre. Instintivamente se daba cuenta de que era la más débil, y se ponía de su parte.
En el transcurso del tiempo estos sentimientos, ó mejor instintos, iban palideciendo pero no borrándose de su corazoncito; del mismo modo que en su pequeña memoria se transformaba, pero no desaparecía, la figura moral y física de su madre.
Un día supo una cosa extraordinaria por conducto de Bustianeddu, que le perseguía con su amistad, más que aceptada, sufrida.
—Mi madre no ha muerto,—le confió el muchachillo, casi vanagloriándose.—Se encuentra en el continente, como la tuya; se escapó una vez que mi padre estuvo en la cárcel. Cuando sea grande iré á buscarla; ¡oh, sí, te lo juro! Tengo, además, un tío que estudia en el continente; nos escribió que había visto á mi madre por la calle, y quiso pegarla, pero la gente le sujetó. Mira, este gorro encarnado era de mi tío.
Esta breve historia consoló muchísimo á Anania y le unió con una viva amistad á Bustianeddu. Pasaron muchos años juntos; en la almazara, en casa de tía Tatana y por las callejuelas de los alrededores. Bustianeddu tenía casi la misma edad que Zuanne, el amigo perdido, y en el fondo era bueno y cariñoso. Iba, ó decía que iba, á la escuela; pero muy á menudo el maestro mandaba billetitos á su padre pidiendo noticias del invisible alumno; entonces el autor de sus días,—que comerciaba en lanas y pieles—ataba al chico con una cuerda y le encerraba en un cuarto, para que estudiara á la fuerza. Y del mismo modo que los hombres salen de la cárcel, él salía de aquella especie de prisión más astuto y endurecido que antes. Solamente era formal cuando se quedaba solo en casa durante las largas y frecuentes ausencias de su padre; parecía comprender la responsabilidad de su posición; guardaba la casa, barría, preparaba la comida y lavaba la ropa. Á menudo Anania le ayudaba de buena gana; y en cambio Bustianeddu le aconsejaba y le enseñaba muchas cosas buenas y muchísimas malas. Pasaban la mayor parte de los días y de las tardes frías en la almazara, en donde Anania grande,—como le llamaban para distinguirle de su hijo,—trabajaba por cuenta del señor Daniel Carboni, rico propietario á quien pertenecía la prensa.
El almazarero,—que según las estaciones se transformaba en labrador, hortelano, ó viñador,—daba al señor Carboni el respetuoso dictado de amo porque hacía muchos años que estaba á su servicio, pero su trabajo era muy independiente, bien remunerado y no exento de gangas.