La almazara tenía una de las dos fachadas mirando á un patio, del cual se salía á la callejuela por donde había entrado Anania el día del abandono, y la otra tenía salida á un huerto que bajaba hasta la carretera que atraviesa el valle. Un hermoso huerto, algo silvestre, lleno de rocas, setos de chumberas y espinos, albérchigos y almendros, y una encina de carcomido tronco, nido de grandes arañas, saltamontes, orugas y pájaros. Era propiedad del señor Carboni y el sueño dorado de todos los granujillas de la vecindad, que el viejo hortelano, tío Pera Sa Gattu (el gato), armado de una gruesa tranca, no dejaba nunca entrar. Desde él se veía á las hermosas y esbeltas muchachas nuorenses bajar á la fuente, con el cántaro sobre la cabeza cual mujeres bíblicas; y el tío Pera las miraba de soslayo con sus ojos de sátiro, mientras sembraba habas y judías, poniendo tres semillas en cada agujero y gritando para espantar los pájaros.
Desde la ventanuca del molino, Anania y Bustianeddu contemplaban con intenso deseo el asoleado huerto, esperando que se ausentase el hortelano; pero el tío Pera era un hombre chiquitito, seco, de cara terrosa tirando á roja, sin pelo en la cara y muy mordaz, y quería demasiado á sus habas y coles para dejarlas tan pronto; solamente ya casi de noche subía á la almazara para calentarse y echar un párrafo.
Aquel año había muy buena cosecha; hasta los propietarios de los pueblos próximos se apresuraban á comprometer la prensa, que trabajaba día y noche; de cada majadura de cerca dos hectolitros de olivas se sacaban dos litros de aceite. Junto á la puerta había una lata para el aceite de la lámpara de tal ó cual virgen, y las personas devotas echaban en ella un poco del producto de las olivas prensadas durante el día. Sacos de negras y relucientes aceitunas, borujo echando humo, barriles y otros grasientos recipientes, llenaban la negra, sucia y caldeada sala; y en este ambiente, alrededor de la rueda movida por el caballo bayo, ante la caldera siempre hirviendo, la prensa siempre en movimiento, siempre chorreando, entre el olor no desagradable, pero demasiado penetrante, del borujo y heces del aceite, se movían de continuo una porción de tipos notables. Por la noche se reunían alrededor del fuego de la caldera las personas más friolentas de la vecindad; por lo regular se componía la tertulia, además del almazarero y sus ayudantes que movían las palancas de la prensa, de cinco ó seis individuos medio borrachos. Uno de ellos, Efes Cau, antes rico propietario y ahora reducido á la extrema miseria por el vicio de la bebida, dormía casi todas las noches en la almazara, infestando de miseria el rincón en donde se tumbaba.
Por causa suya, una tarde surgió una disputa entre el almazarero y un rico labrador que había encontrado un bicho en un saco de aceitunas.
—¡Por Dios, no sé cómo no te da vergüenza!—gritaba el labrador.—¿Por qué dejas entrar á todos estos vagabundos, que todo lo ensucian?
—¡Éste era rico, mucho más que tú!—gritó Anania, defendiendo á Cau.
—Lo cual no impide que ahora viva de limosna y esté lleno de piojos,—contestó el otro con desprecio.
Entonces el tío Pera, que estaba sentado junto al fuego con la tranca entre las piernas, echó una canción:
Todo viviente
lleva piojos.
—¡Y tú que lo dices
llevas uno que anda
sobre tu cuello![21].
El labrador se llevó instintivamente la mano al cuello, y todos se echaron á reir. Hasta él mismo se rió, y ya calmado, mandó á su casa á por un jarro de vino.