Anania y Bustianeddu, sentados en un rincón sobre el caliente borujo, se divertían escuchando la conversación de los mayores; y cuando llegó Efes, borracho como siempre, tambaleándose, vestido con un traje viejo de caza del señor Carboni, Bustianeddu le salió al encuentro cantándole la canción del tío Pera:
Todo viviente...
Efes le miró con sus ojos vidriosos, redondos, saltones, que se destacaban sobre sus mejillas amarillentas y colgantes, y también llevó la mano al grasiento cuello del chaleco que llevaba abrochado.
Todos volvieron á reir; el borracho miró á su alrededor dando traspiés, y se echó á llorar al ver que se burlaban.
—¡Efes!—gritó tío Pera, enseñándole un vaso lleno de vino que al reflejo del fuego parecía color de rubí.
El borracho dejó de llorar y avanzó riendo, con risa idiota.
—No,—dijo Francisco Carchide, el zapatero y bordador de cinturones, joven guapo, galán y de sonrosado rostro,—si no bailas, no bebes.
Y, cogiendo el vaso de las manos del viejo, lo levantó muy alto; el borracho lo seguía con la vista y alzaba los brazos, animado por el brutal deseo del vino.
—Dame, dame...
—No; si no bailas, no.