Dió una rápida vuelta sobre sí mismo, sin perder el equilibrio.

—¡También tienes que cantar, Efes!

Abrió su fétida boca y con voz ronca, cantó:

Cuando Amelia tan pura y tan sencilla...

Cantaba siempre lo mismo; y al llegar á la última palabra, hacía muecas y aspavientos buscando en vano el verso siguiente que no recordaba.

Anania y Bustianeddu que, acurrucados sobre el borujo, parecían dos polluelos, reían hasta reventar.

—Oye,—propuso Bustianeddu,—vamos á ponerle alfileres en el sitio donde se tumba.

—¿Por qué quieres ponerle alfileres?

—¡Toma, para que se pinche; entonces sí que bailará de veras! Yo traigo alfileres.

—Bueno,—contestó el otro, aunque de mala gana.