El borracho seguía bailando, tambaleando y medio cayéndose, con las manos extendidas hacia el vaso; y toda la gente y los chiquillos reían.

Pero la alegría llegó al colmo cuando entró en el molino, Nanna, la borracha. Aquella noche estaba en sus cabales; llevaba un vestido limpio y la cara menos asquerosa que de costumbre; en sus ojillos brillaba cierta inteligencia. Había estado todo el día cogiendo hierbas silvestres comestibles y venía á pedir un poco de aceite para aliñarlas. Viendo á Efes en aquel estado, ludibrio de aquella gente, un relámpago de cólera brilló en sus ojos; avanzó, cogió al borracho por un brazo y sin mucho trabajo le sentó sobre un saco de aceitunas á pesar de las cómicas protestas del rico labrador.

—¿No te da vergüenza?—decía al borracho.—¿No ves que todos estos pordioseros, toda esta canalla se está riendo de ti? ¿Y por qué han redoblado las risas al verme? ¡Y sin embargo hoy he trabajado, he trabajado, como hay Dios! ¡Ah, Efes, Efes! ¡Acuérdate de lo rica que era tu casa! Yo iba á llevaros agua de la fuente y me acuerdo que tu madre llevaba los botones de la camisa, de oro, más gordos que mis puños; tu casa parecía una iglesia, tan rica y limpia estaba. Si no te hubieras dejado dominar por el vicio, ahora todos te querrían recoger como se recoge un confite. Y en cambio, ahora hacen mofa de ti hasta los más miserables mendigos; y todos se ríen de ti como del oso que baila por las calles... Mira, aún se están riendo, y como hay Dios, son ellos más borrachos que nosotros. Ea, pronto, almazarero, dame un poco de aceite; tu mujer es una santa, pero tú eres un demonio. ¿Qué, aún no has encontrado el tesoro?

—Verdaderamente trabaja algo más que tú; ¿por qué te metes con él?—preguntó tío Pera, señalando á Anania.

—¡Viejo pecador,—contestó la mujer,—donde yo esté te callas!...

—¡Bah! ¡Bah! ¡Bah!—dijo despreciativamente el viejo.—Hoy te dedicas á predicar, porque no llevas vino en el cuerpo.

—Yo sé llevar en el cuerpo vino y otras muchas cosas... Dame el aceite, Anania Atonzu; esta tarde en el valle he visto una cosa; parecía una moneda de oro.

—¿Y no la has cogido?—le preguntó, apoyándose sobre la pala todo negra de pasta de aceitunas.

—Mírala,—contestó Nanna, buscando en el bolsillo y acercándose al almazarero, que se limpió las manos sobre sus rodillas y después examinó una moneda de cobre, ya verdinegra.

Bustianeddu y Anania corrieron á verla.