Entretanto Efes, sentado sobre el saco, lloraba recordando á su madre y la rica casa paterna, evocada por la mujer borracha, y en vano Carchide trataba de consolarle, ofreciéndole vino. No, ni la bebida podía amortiguar el dolor de aquel recuerdo. Sin embargo, Efes cogió el vaso y bebió sin dejar de llorar.

El rico labrador y el padre de Bustianeddu, joven de color aceitunado, ojos azules y barba roja, tramaban algo para emborrachar á Nanna, y hacerle contar todo lo que sabía del tío Pera; mientras el hortelano chillaba á los dos hombres que movían la palanca, porque, según decía, no desplegaban toda la fuerza.

—¡Que un mal tiro os parta el hígado! ¡No os fatiguéis, muchachos!—decía irónicamente.—¡Qué haraganes son los jóvenes de hoy!

—¡Os parece!—contestó uno de ellos.—¡Pues póngase aquí, en el sitio de las aceitunas, y probará nuestra fuerza!

—¡Que un mal tiro os parta las entrañas, que un mal tiro os destroce el talón!...—seguía diciendo el tío Pera.

—¡Bueno, bueno!—exclamó maestro Pane, el viejo carpintero giboso, que sólo tenía unos cuantos pelos grises sobre una gran bocaza sin dientes;—¡bueno! Y después fué y puso un clavo debajo.

Hablaba en voz alta, dándose golpes sobre las rodillas, sentado en el suelo, apoyando la espalda en la pared, bajo la ventana; nadie le hacía caso, pues tenía la costumbre de hablar consigo mismo en alta voz.

—Nanna,—dijo el labrador,—ahora van á traer la cena de mi casa. Quédate.

—¿Quieres divertirte?—dijo la mujer mirándole con picardía.—¿No te basta con Efes?

Pero se quedó, y acercándose al infeliz que aún lloraba empezó á reñirle, aconsejándole que no bebiera más, que no fuera la deshonra de sus parientes; y entretanto sucedía una cosa singular. Carchide le enseñaba el vaso lleno de vino, haciéndole señas invitándola á beber y ella contemplaba el vino fascinada.