—¡Dámelo!—prorrumpió por fin.

Bustianeddu y Anania de pie, detrás de aquellos dos infelices borrachos, reían hasta no poder más.

—¡Dios mío, qué feo eres!—decía maestro Pane, siempre hablando consigo mismo.

Nanna tomo el vaso, bebió hasta emborracharse, y empezó á contar sucias historias del tío Pera. Sí, el viejo hortelano, por la mañana muy temprano, esperaba que alguna chiquilla pasase por la carretera camino de la fuente; la llamaba prometiéndole ensaladas, y cuando la tenía en el huerto, trataba...

—¡Asquerosa!—gritó tío Pera, amenazándola con la tranca.—Espera, espera un poco...

—¿Qué? ¿Qué he dicho?... trataba de enseñarle... el Avemaría...

Y todos se reían y hasta Anania se reía, aun cuando no comprendiese por qué tío Pera quería enseñar á la fuerza el Avemaría á las chiquillas que iban á la fuente.

Entretanto Bustianeddu había llenado de alfileres el sitio en donde Efes solía tumbarse. Anania lo vió y no se opuso, pero apenas estuvo en casa, acostado en la gran cama de tía Tatana, sintió un ímpetu de remordimiento. No podía dormir; daba vueltas y más vueltas, pareciéndole que también él estaba atormentado por millares de alfileres.

—¿Qué tienes, chiquillo?—preguntó tía Tatana, con su acostumbrada dulzura.—¿Te duele el vientre?

—No, no...