—¡No quiero!—contestó uno de los chiquillos.
—¡Mira que esta noche no verás abrirse el cielo! ¡Los niños buenos, en la noche de San Juan, ven abrirse el cielo y ven el Paraíso y Nuestro Señor y los ángeles y el Espíritu Santo!... Pero vosotros veréis unos cuernos, si no marcháis á casa. ¡Pronto, en seguida!
—Vámonos, dijo pensativo el mayor de los hermanos. El otro protestó algo, pero concluyó por dejarse llevar.
Olí siguió andando. Pasó el cauce del río, pasó el sendero, pasó el bosquecillo de olivos; allá y acullá se encorvaba y ataba con un lazo las ramas de algún matojo, después erguía el cuerpo y sondaba la noche con la penetrante mirada de sus ojos felinos.
El corazón le palpitaba fuertemente, de ansia, de temor y de alegría. La fragante noche invitaba al amor, y Olí amaba. Olí tenía quince años, y con el pretexto de señalar las flores de San Juan, iba á una cita amorosa.
Seis meses atrás, una noche de invierno, un joven campesino había entrado en la caseta á pedir lumbre. Era quintero de un rico propietario de Nuoro, y estaba sembrando los campos, alrededor de la casa en ruinas que se distinguía desde la caseta. Joven, alto, con largos cabellos negros, relucientes de aceite; sus ojos negrísimos apenas se dejaban mirar ¡tanto brillaban! Solamente Olí se atrevía á mirarlos con los suyos, que no se bajaban delante de nadie.
El peón caminero, joven aún, pero ya canoso, consumido por la fatiga, sufrimientos y miseria, le acogió benévolamente, le alargó la piedra y el pedernal, le interrogó sobre su amo, y le invitó á volver siempre que quisiera.
Desde entonces el campesino frecuentó asiduamente la casa. En las veladas de lluvia contaba cuentos á los chiquillos reunidos junto al humoso hogar; y enseñó á Olí los sitios en que mejor crecían los hongos y demás plantas comestibles.
Un día llevó á la muchacha hasta las ruinas de un nuraghe[3] situado sobre una altura, rodeado de matorrales cubiertos de rojas bayas, y le dijo que entre las grandes piedras de aquella tumba gigantesca, estaba escondido un tesoro.
—Además, conozco otros muchos accusorgios[4]—añadió con voz grave, mientras Olí cogía hinojo;—acabaré por encontrar uno, y entonces...