—¿Entonces, qué?—preguntó Olí algo burlona, alzando los ojos, que parecían verdes, por el reflejo del paisaje.
—Entonces marcharé muy lejos; y si quieres venir te llevaré conmigo al Continente. Conozco bien el Continente, porque hace poco he vuelto del servicio militar. He estado en Roma y en Calabria, y en otros muchos sitios. Allí todo es hermoso... Si tú lo vieras...
Olí se reía, muy bajito, contenta y feliz, aunque algo irónica. Detrás del nuraghe dos de sus hermanitos, escondidos en unas matas, silbaban fingiendo el reclamo de un gorrión. En la inmensidad del paisaje no se oía voz humana, no pasaba nadie.
El joven cogió á Olí por la cintura, la levantó y la besó cerrando los ojos. Desde aquel momento se amaron con amor salvaje, revelando el secreto de su pasión á las espesuras más silenciosas, al césped de la orilla del río, y á los obscuros escondrijos de los solitarios nuraghes.
Impulsada por la soledad y la miseria, Olí amaba al joven por las tierras maravillosas que había visto, por la ciudad de donde venía, por el rico amo á quien servía, por los fantásticos proyectos que trazaba para el porvenir; y él amaba á Olí, porque era hermosa y ardiente. Ambos inconscientes, primitivos, impulsivos y egoístas, se amaban por exuberancia de vida y necesidad de goce.
También la madre de Olí, según decía la hija, había sido una mujer fantaseadora y ardiente.
—Su familia estaba en buena posición—contaba Olí—y tenía parientes nobles que querían casarla con un viejo propietario. Mi abuelo, el padre de mi madre, era un poeta; en una noche improvisaba tres ó cuatro canciones, y eran tan hermosas, que apenas un ciego las cantaba por las calles, todo el pueblo las aprendía y repetía con entusiasmo. ¡Ah, sí, mi abuelo era un gran poeta! Yo sé algunas de sus poesías, me las enseñó mi madre. Escucha, escucha esta.
Olí recitaba algunas estrofas en dialecto logodorense[5], y después continuaba:
—El hermano de mi abuelo, tío Merzioro Desogos, pintaba en las iglesias y esculpía los púlpitos. Se mató por no tener que sufrir una condena. Sí; los parientes de mi madre eran nobles é ilustrados; pero ella no quiso casarse con el viejo propietario. En cambio vió á mi padre, que entonces era hermoso como un sol[6], se enamoró y huyó con él. Recuerdo que á veces decía: «Mi padre me ha desheredado, pero no me importa. ¡Que tengan los otros sus riquezas, yo tengo á Miguel y me basta!».