Un día el peón caminero marchó á Nuoro á comprar trigo, y volvió más triste y abatido que de costumbre.
—¡Olí, mucho ojo!—dijo á la hija, amenazándola con el puño.—¡Si aquel hombre se atreve á poner los pies en esta casa, pobre de él! Hasta en el nombre nos ha engañado. Dijo que se llamaba Quirico y se llama Anania. Es oriundo de Orgosolo, de mala casta, pariente de bandidos y presidiarios. Mucho ojo, pequeña: ¡Está casado!
Olí lloró, y sus lágrimas cayeron, mezcladas con el trigo, en el arca de madera negra; pero apenas se cerró el arca y tío Miguel volvió al trabajo, la chiquilla corrió junto al amante.
—¡Te llamas Anania! ¡Y estás casado!—le dijo, echando lumbre por los ojos.
Anania acababa de sembrar el grano en el campo recién arado; dos mirlos cantaban revoloteando en las frondas de un olivar. Grandes nubes blancas hacían más intenso el azul del cielo. Todo respiraba dicha, silencio, olvido.
—Sí,—dijo el joven, que aún tenía las alforjas sobre la espalda,—estoy casado con una vieja. Me obligaron por fuerza... como á tu madre que querían casarla con aquel viejo... porque yo soy pobre y ella tiene muchos cuartos. ¿Pero qué importa? Es vieja y morirá pronto; nosotros somos jóvenes, y te quiero á ti solamente. Si tú me dejas, me muero.
Olí se enterneció y le creyó.
—¿Ahora qué haremos?—preguntó.—Mi padre me pegará si sigo amándote.
—Ten paciencia, corderita mía. Mi mujer se morirá pronto; y aun cuando no se muera, yo encontraré un tesoro, y marcharemos al Continente.
Olí protestó, lloró, no confió mucho en el tesoro, pero continuó sus amores con el joven.