Había terminado la siembra, pero Anania iba con frecuencia al campo á ver si el grano despuntaba, y á cavar y arrancar las malas hierbas. En las horas de descanso, en vez de echarse un rato, derribaba el nuraghe con la excusa de construir una pared con las piedras arrancadas del monumento, pero en realidad para buscar el tesoro.

—¡Si no aquí, en otro sitio; pero yo lo encontraré!—decía á Olí.—Mira, en Maras, un joven como yo, encontró un manojo de varillas de oro. No se dió cuenta que eran de oro y las vendió á un herrero. ¡Estúpido! No me pasará á mí esto... En los nuraghes,—seguía diciendo,—habitaban los gigantes, que tenían todos los utensilios de oro. Hasta los clavos de sus zapatos eran de oro. ¡Oh, buscando bien, siempre se acaba por encontrar algún tesoro! En Roma, cuando era soldado, vi un sitio en donde se conservan las monedas de oro y los objetos escondidos por los antiguos gigantes. Ahora mismo, en otras partes del mundo, hay gigantes, y son tan ricos, que tienen los arados y las hoces de plata.

Hablaba muy seriamente, con los ojos brillantes por tanto sueño áureo; pero si alguien le hubiese preguntado qué pensaba hacer de los tesoros que buscaba, probablemente no hubiera sabido contestar. Por de pronto se preocupaba solamente de la fuga con Olí; en el porvenir sólo pensaba de un modo fantástico.

Por la Pascua, la muchacha tuvo ocasión de ir á Nuoro y tomar informes acerca de la mujer de Anania. Le dijeron que era de alguna edad, pero no vieja y mucho menos rica.

—Pues bien,—dijo, cuando Olí le echó en cara sus mentiras,—sí, ahora es pobre, pero cuando me casé era rica. Después de casado marché al servicio, enfermé y gasté mucho dinero; también enfermó mi mujer. ¡Oh, tú no sabes lo que cuesta una larga enfermedad! Además, nos pidieron dinero prestado y no nos lo devolvieron. Y luego, yo creo una cosa: que mi mujer, mientras yo estaba fuera, vendió las tierras y tiene el dinero escondido. ¡Te juro que es verdad!

Hablaba siempre muy seriamente y Olí le creía. Le creía porque tenía necesidad de creer, y porque Anania la había acostumbrado á creer en todo, sugestionado, él mismo, por lo que inventaba. Un día, á principios de Junio, cavando en el huerto de su amo, encontró un grueso anillo de un metal rojizo que creyó oro.

—De seguro hay aquí un tesoro,—pensó;—y corrió en seguida á contar á Olí sus nuevas esperanzas.

Reinaba la primavera en la silvestre campiña. El río, azul, reflejaba las flores del saúco; la cálida hierba exhalaba voluptuosas fragancias. En las noches, templadas y silenciosas, alumbradas por la luna ó por la vía láctea, parecía difundirse por el aire un filtro embriagador.

Olí vagaba por aquellos campos, los ojos velados por la pasión; y en los largos y luminosos crepúsculos, y en las siestas deslumbradoras, cuando las lejanas montañas se confundían con el cielo, seguía con mirada triste á sus hermanitos medio desnudos, parecidos á pequeñas estatuas de bronce, que animaban el paisaje con sus gritos de pájaros salvajes, y pensaba en el día que tendría que abandonarles para siempre.

Había visto el anillo encontrado por el joven, y esperaba y confiaba, mientras la ardiente primavera hacía hervir la sangre en sus venas.