—¡Olí!—gritó Anania, escondido en un matorral.
Estremecióse Olí, avanzó cautamente y cayó en los brazos del joven. Sentáronse sobre la hierba aún caliente, al lado de unos poleos y laureles silvestres que exhalaban su fuerte perfume.
—Creí no poder venir,—dijo el joven.—El ama está de parto esta noche, y mi mujer, que tiene que asistirla, quería que yo me quedase en casa. «No, le he dicho; esta noche debo coger el poleo y el laurel; ¿no te acuerdas que mañana es San Juan?» Y he venido, y aquí estoy.
Estaba buscando algo que llevaba escondido en el pecho, mientras Olí, tocando el laurel, preguntó para qué servía.
—¿No lo sabes? El laurel cogido esta noche sirve de medicina y para muchas otras cosas; por ejemplo, si tú esparces las hojas de este laurel por las paredes que cercan una viña ó un corral de ovejas, ningún animal podrá entrar para comerse las uvas ó robar un corderito.
—Pero tú no eres pastor.
—Pero he de guardar las viñas del amo; además echaré hojas alrededor de la era para que las hormigas no me roben el grano. ¿Vendrás, cuando la trilla? Habrá mucha gente, y por la noche cantaremos y nos divertiremos mucho.
—¡Mi padre no querrá!—dijo ella, suspirando.
—¡Qué hombre más raro! Ya se ve que no conoce á mi mujer; es más vieja que una roca,—dijo Anania, siempre buscando algo en el pecho.—¿Dónde la habré puesto?