—¿Á quién? ¿Á tu mujer?—preguntó maliciosamente Olí.

—¡Quiá! ¡Una cruz! He encontrado una cruz de plata.

—¡Una cruz de plata!—¡Donde encontraste el anillo! ¿Y no me lo decías?

—¡Hela aquí! Sí; es de plata de veras.

Y sacó del pecho un pequeño envoltorio. Olí lo desenvolvió, cogió la crucecita y preguntó ansiosa:

—¿Pero es verdad? ¿Hay un tesoro?

Parecía estar tan contenta que, aun cuando Anania había encontrado la crucecita en el campo, no quiso quitarle la ilusión.

—Sí, allí, en el huerto. ¡Quién sabe cuántos objetos preciosos habrá! Tendré que ir todas las noches á ver si encuentro algo.

—Pero el tesoro es del amo.

—¡No; es de quien lo encuentra!—contestó Anania.