Y para dar mayor fuerza á su afirmación, cogió á Olí entre los brazos y empezó á besarla.

—¡Si encuentro el tesoro ya verás!—le dijo temblando.—¿Vendrás, di, rosita de Abril? Es preciso que lo encuentre en seguida porque no puedo vivir más sin ti. ¡Ah! Mira, cuando veo á mi mujer, siento ganas de morir, y en cambio quisiera vivir mil años contigo, capullito mío.

Olí escuchaba y temblaba. Á su alrededor un silencio profundo; las estrellas brillaban como piedras preciosas, como ojos embriagados de amor; y de cada vez más suaves se difundían por el aire los perfumes de las hierbas aromáticas.

—Mi mujer morirá pronto,—decía Anania.—¿Qué hacen aquí abajo los viejos? ¡Quién sabe! Tal vez dentro de un año seremos marido y mujer.

—¡Que San Juan lo haga!—suspiró Olí.—Pero no hay que desear la muerte á nadie. Y ahora déjame marchar.

—Quédate un poquitín,—suplicó él con voz infantil.—¿Por qué quieres marcharte? ¿Qué haré sin ti?

Ella se levantó toda palpitante.

—Nos veremos mañana á la madrugada, porque yo vendré á coger las hierbas antes de que salga el sol. Te haré un amuleto contra las tentaciones...

Para tentaciones estaba. Se arrodilló, cogió á Olí entre sus brazos y se puso á suplicar:

—¡No, no te vayas, no te vayas, vida; quédate un poquito nada más! ¡Olí, corderita mía; tú eres mi vida; mira, beso la tierra en donde pones los pies, pero quédate, un poquito nada más; mira que si te marchas me muero!