Y gemía, y temblaba, y su voz conmovía á Olí hasta hacerla llorar.

No se marchó.


Hasta el otoño no se enteró el tío Miguel de que su hija había pecado. Una cólera feroz se apoderó de aquel pobre hombre, aniquilado y enfermo, que había conocido todos los dolores de la vida, menos la deshonra. No pasó por ello. Cogió á Olí por un brazo y la echó de su casa. Ella suplicó y lloró, pero el tío Miguel fué inexorable. Se lo había advertido mil veces; había fiado demasiado en ella. Tal vez la hubiese concedido el perdón si hubiera faltado con un hombre libre; pero con aquél, no se lo podía perdonar.

Durante unos días, Olí vivió en las ruinas, alrededor de las cuales Anania había sembrado el grano. Sus hermanitos le llevaban algún pedazo de pan, pero lo advirtió el tío Miguel y les zurró.

Entonces Olí, viendo que el otoño empezaba á cubrir el cielo de grandes nubes grises y llovía con frecuencia, y el viento húmedo soplaba á través del matorral rociado por la fría niebla, para no morirse de hambre y frío, marchó á Nuoro á pedir protección á su amante. Fuese casualidad ó presentimiento, á mitad del camino encontró á Anania que la consoló, la cubrió con su capote, y la condujo á Fonni, pueblo de la montaña, más allá de Mamojada.

—No tengas miedo,—le decía,—ahora te llevo á casa de una parienta mía, en donde estarás muy bien; no tengas cuidado, que yo no te abandonaré jamás.

La llevó á casa de una viuda que tenía un chiquillo de cuatro años. Al verle tan morenucho, mal alimentado, todo ojos y orejas, Olí pensó en sus hermanitos y lloró. ¿Quién cuidaría á los pobrecitos huérfanos? ¿Quién les daría de comer y beber? ¿Quién amasaría el pan? ¿Quién lavaría la ropa en el río azul? ¿Qué sería del tío Miguel, solo, enfermo y desgraciado? Olí lloró un día y una noche; después miró á su alrededor con mirada hosca.

Anania se había marchado. La viuda fonnense, pálida y descarnada, con cara de espectro, con una venda amarilla alrededor de su cabeza, hilaba, sentada ante una pobre llama de menudas ramas; por todas partes miseria, andrajos y hollín. De las tablas del techo, ennegrecidas por el humo, pendían, temblorosas, grandes telarañas; algunos muebles de madera formaban todo el ajuar de la pobre casa. El chiquillo de las orejas grandes, vestido á la usanza del país, con un gran gorro de piel lanuda, no hablaba ni reía nunca; se divertía únicamente asando castañas en las calientes cenizas.

—Ten paciencia, hija mía,—decía la viuda á la muchacha, sin quitar los ojos del huso.—Son cosas del mundo. ¡Oh! Ya verás cosas peores, si vives. Hemos nacido para sufrir; también de muchacha he reído; después he llorado: ahora todo se acabó.