Olí sintió helársele el corazón. ¡Oh, qué tristeza! ¡Qué inmensa tristeza! Era de noche, hacía frío; el viento retumbaba con fragor de agitado mar. Á la amarillenta luz de la llama, la viuda hilaba y recordaba; y también Olí, acurrucada en un rincón, recordaba la noche cálida y voluptuosa de San Juan, el perfume del laurel, las luces de las sonrientes estrellas...

Las castañas estallaban, esparciendo la ceniza por el hogar. El viento golpeaba furiosamente á la puerta, cual monstruo correteando de noche por las calles del pueblo.

—También yo,—dijo la viuda, después de un largo silencio,—también yo soy de buena familia. El padre de este chiquirritín se llamaba Zuanne; porque mira, hija mía, á los hijos es preciso darles siempre el nombre del padre, para que se le parezcan. ¡Ah, sí; mi marido era muy hábil! Alto como un álamo; mira, mira allí su capote, que aún está colgado de la pared.

Olí se volvió y vió colgado de la pared color de tierra, un largo capote de orbace[7] negro, entre cuyos pliegues las arañas habían tejido sus polvorientos velos.

—Nunca lo tocaré,—continuó la viuda,—aun cuando tuviese que morirme de frío. Mis hijos se lo pondrán cuando sean hábiles como su padre.

—¿Pero qué oficio tenía el padre?—preguntó Olí.

—¿Qué oficio?—dijo la viuda, sin cambiar de tono, pero con ligera animación en su cara de espectro,—era bandido. Diez años fué bandido, sí, diez años. Tuvo que echarse al campo pocos meses después de nuestra boda. Yo iba á verle en los montes del Gennargentu; cazaba ovejas salvajes, águilas y buitres, y cada vez que yo iba, mandaba asar una pierna de oveja. Dormíamos al descubierto, á la intemperie, en lo alto de los montes; nos cubríamos con aquel capote, y las manos de mi marido ardían siempre, aunque nevase. Á veces teníamos compañía...

—¿De quién?—preguntó Olí, que escuchando á la viuda olvidaba sus penas.

El chiquillo también escuchaba con sus grandes orejas muy atentas; parecía una liebre que oye el aullido lejano del zorro.

—...De los otros bandidos. Eran hombres diestros, ágiles, prontos á todo y sin miedo á la muerte. ¿Crees tú que los bandidos son gente mala? Te engañas, hija mía; son hombres que tienen precisión de ejercer su habilidad y nada más. Mi marido decía: «¡Antiguamente los hombres iban á la guerra; ahora no hay guerras, pero como los hombres tienen necesidad de combatir, cometen rapiñas, salteamientos, bardanas[8], no por hacer mal, sino para demostrar de alguna manera su fuerza y su habilidad!».