—¡Bonita habilidad!—observó Olí.—¿Por qué no daban con la cabeza contra la pared, si no tenían otra cosa en qué ocuparse?
—No lo entiendes, hija mía,—dijo la viuda, triste y altiva.—Es el destino que así lo quiere. Te voy á contar por qué mi marido se hizo bandido.
Dijo se hizo, con acento digno, no exento de vanidad.
—Sí, cuente, cuente,—contestó Olí, sintiendo un ligero calofrío por la espalda.
Condensábanse las sombras, el viento aullaba más fuerte con su continuo retumbar de trueno; parecíale estar en un bosque batido por el huracán, y las palabras y la figura cadavérica de la viuda, en aquella estancia obscura, iluminada sólo por alguna débil llamarada del mortecino fuego, daban á Olí un infantil estremecimiento de terror. Le parecía presenciar alguno de aquellos pavorosos cuentos que Anania narraba á sus hermanitos, y que ella, hasta ella misma, en su desgracia infinita, tomaba parte en la triste historia.
La viuda empezó:
—Hacía pocos meses que nos habíamos casado. Estábamos acomodados, hija mía; teníamos trigo, patatas, castañas, pasas, tierras, casa, caballo y perro. Mi marido era propietario, tenía muy poco que hacer y se aburría. Entonces decía: «Me voy á hacer comerciante; tan ocioso no puedo vivir, porque estando sano, siendo fuerte é inteligente, y no teniendo nada que hacer, sólo se me ocurren malas ideas». Pero no teníamos dinero bastante para meterse á comerciar. Entonces un amigo le dijo: «Zuanne Atonzu, ¿quieres tomar parte en una bardana? Seremos muchos, guiados por hábiles bandidos, y asaltaremos, muy lejos de aquí, la casa de un señor que tiene tres cajas llenas de plata y de monedas. Un hombre de aquel lugar ha venido á propósito al Cabo di sopra[9] para enterar á los bandidos, invitándoles á una bardana; él mismo nos servirá de guía. Hay que atravesar bosques, franquear montañas, vadear ríos. Ven». Mi marido me contó la proposición de su amigo. Yo le dije: «¿Qué necesidad tienes de la plata de aquel señor?». «Ninguna, contestó mi marido, me c... en el tenedor que pueda tocarme en el reparto del botín, pero hay que atravesar bosques y montañas, hay que ver cosas nuevas y me divertiré. Además tengo curiosidad de ver cómo se las arreglarán los bandidos. No sucederá nada malo, ¡ea!; también irán otros muchos jóvenes, para dar pruebas de su destreza y pasar el tiempo. ¿No sería peor que me fuera á la taberna y me emborrachara?». Lloré, supliqué,—continuó diciendo la viuda, sin dejar de torcer el hilo con sus afilados dedos, y siguiendo con sus apagados ojos el movimiento del huso,—pero partió. Dijo que se marchaba á Cagliari para unos negocios.
—Partió,—repitió la viuda, suspirando,—y me quedé sola; estaba encinta. Después supe lo que pasó. Formaban la cuadrilla cerca de sesenta hombres; viajaban en pequeños grupos, pero de cuando en cuando se reunían en ciertos sitios indicados de antemano, para ponerse de acuerdo. Les servía de guía el hombre del pueblo hacia donde se dirigían. Era capitán de la bardana el bandido Corteddu; un hombre de ojos de fuego y con el pecho cubierto de vello rojo; un gigante Goliat más fuerte que el rayo. En los primeros días del viaje llovió, se desencadenó el huracán, los torrentes se salieron de madre y el rayo mató á uno de la cuadrilla. De noche andaban á la luz de los relámpagos. Cuando llegaron á un bosque cerca del monte de «los Siete Hermanos», el capitán reunió los jefes de la bardana y les dijo: «Hermanos míos, las señales del cielo no nos son propicias; la empresa saldrá mal. Además siento el olor de la traición; creo que el guía es un espía. Hagamos una cosa; disolvamos la cuadrilla; quiere decirse que otro día realizaremos la empresa». Muchos aprobaron la proposición, pero Pilatos Barras, el bandido de Orani, que llevaba la nariz de plata, porque una bala le había quitado la suya, se sonrió y dijo: «Hermanos míos en el Señor,—era costumbre suya empezar de esta manera;—hermanos míos en el Señor, yo rechazo la proposición. No: no porque llueva quiere decir que el cielo no nos protege; al contrario, algo de molestia es conveniente, acostumbra á los jóvenes á vencer su flojedad. Si el guía nos traiciona, le mataremos. ¡Adelante, muchachos!»[10]. Corteddu sacudió su cabeza de león, mientras otro bandido murmuraba con desprecio: «¡Cómo se conoce que no tiene olfato!». Entonces Pilatos Barras gritó: «¡Hermanos míos en el Señor, sólo los perros tienen olfato, pero no los cristianos! Mi nariz es de plata y la vuestra de huesos de muerto. Escuchad bien lo que os digo: si ahora disolvemos la cuadrilla, daremos un feo ejemplo de cobardía; pensad que entre nosotros hay jóvenes que hacen sus primeras armas; no desean más que poder desplegar su valor como quien despliega al viento una nueva bandera; si ahora vosotros les mandáis á sus casas, les daréis ejemplo de cobardía, y se meterán de nuevo entre las cenizas de su hogar, permanecerán ociosos y no servirán para nada. ¡Adelante, muchachos!». Entonces otros cabecillas dieron la razón á Pilatos Barras y se marchó adelante. Corteddu tenía razón; el guía era un traidor. En casa del rico hacendado estaban escondidos los soldados; lucharon, y muchos bandidos fueron heridos, reconocieron á otros, y mataron á uno. Para que no pudieran conocerle, sus compañeros le desnudaron, le cortaron la cabeza, llevándosela junto con los vestidos para enterrarla en el bosque. Á mi marido le conocieron y tuvo que hacerse bandido... Yo aborté.
Mientras hablaba, la viuda había dejado de hilar, poniendo el huso sobre el regazo y acercando las manos al fuego. Olí se estremecía de frío, de terror y de gusto. ¡Qué horrible y hermoso era lo que contaba la viuda! ¡Y Olí, que siempre había creído que los bandidos eran mala gente! No; eran hombres desgraciados, empujados por la fatalidad, como lo había sido ella misma.
—Y ahora cenemos,—dijo la mujer, desperezándose.