Se levantó, encendió un primitivo candelero de hierro, todo ennegrecido y preparó la cena. Patatas, siempre patatas. Hacía dos días que Olí no comía más que patatas y alguna que otra castaña.
—Anania, ¿es pariente suyo?—preguntó la muchacha, después de un largo silencio, mientras cenaban.
—Sí, mi marido era pariente de Anania en último grado. No era natural de Fonni; sus abuelos eran de Orgosolo. Pero Anania no se parece en nada al beato[11],—contestó la viuda, moviendo la cabeza despreciativamente.—¡Ah, hija mía, mi marido se hubiese colgado de una encina, antes que cometer la vil acción que ha cometido Anania contigo!
Olí se echó á llorar; se sentó en un rincón junto al fuego, y como el pequeño Zuanne se le sentara al lado, le hizo apoyar la cabeza sobre sus rodillas, le estrechó su manecita basta y sucia, y continuó llorando y pensando en sus abandonados hermanitos.
De pronto dijo:
—Estarán como los tiernos pajaritos dentro del nido, cuando la madre, muerta por un cazador, no vuela á su lado. ¿Quién les dará de comer? ¿Quién les servirá de madre? Figúrese que el último, el más chiquitito, aún no se sabe vestir ni desnudar.
—¡Dormirá vestido!—dijo la viuda para consolarla.—¿Por qué lloras, tonta? Debías haber pensado en ello antes, y no ahora; ahora es inútil. Ten paciencia. Dios no abandona á las aves en su nido.
—¡Qué viento! ¡Qué viento!—decía poco después Olí, quejándose.—¿Cree usted en los muertos?
—¿Yo?—dijo la viuda, apagando la candela y cogiendo otra vez el huso.—Yo no creo ni en los muertos ni en los vivos...
Zuanne alzó la cabeza y dijo bajo, muy bajito:—¡Yo chi!—y volvió á esconder su cabeza en el regazo de Olí.