La viuda reanudó su relato:

—Después tuve otro hijo que ahora tiene ocho años y es pastor de ovejas. Después tuve á éste. ¡Ah, hija mía, somos muy pobres! Mi marido no era ladrón, no; vivía de lo suyo y por esto tuvimos que venderlo todo, excepto esta casa.

—¿Y cómo murió?—preguntó la joven, acariciando la cabeza del chiquillo que parecía dormido.

—¿Cómo murió? En una empresa. Nunca estuvo en la cárcel,—dijo con orgullo la viuda,—aun cuando la justicia le buscase como el cazador acosa al jabalí. Siempre escapaba diestramente de toda emboscada, y mientras la justicia le buscaba por los montes, él pasaba la noche aquí; sí, aquí, delante de este hogar donde estás sentada...

El chiquillo alzó la cabeza, con sus grandes orejas muy coloradas, y después la volvió á apoyar sobre el regazo de Olí.

—Sí, aquí mismo. Una vez, hace dos años, supo que una patrulla debía recorrer la montaña buscándole. Entonces me mandó un recado: «Mientras los soldados me buscan yo tomaré parte en una empresa; cuando termine, pasaré la noche en casa; mujercita mía, espérame». Yo esperé, esperé, tres, cuatro noches. Hilé todo un vellón de lana negra.

—¿Dónde había ido?

—¿No te lo he dicho?—¡Á una empresa, á una bardana!—exclamó la viuda, algo nerviosa; después bajó la voz.—Esperé cuatro noches, estaba triste, cada pisada que oía me hacía palpitar el corazón. Pasaban las noches, y mi corazón se encogía, se encogía hasta volverse más pequeño que una almendra. Á la cuarta noche oí llamar á la puerta y abrí. «Mujer, no esperes más», me dijo un hombre enmascarado. Y me entregó el capote de mi marido. ¡Ay!

La viuda echó un suspiro que parecía un grito, después calló. Olí la estuvo mirando durante largo tiempo; pero de pronto, su mirada fué atraída por la mirada de espanto de Zuanne, cuyas manecitas bastas y morenas como patitas de un pajarillo, se agitaban y señalaban á la pared.

—¿Qué tienes? ¿Qué pasa?