—Un mueto...—murmuró.

—¡Qué muerto!...—dijo ella, riendo, poniéndose de pronto alegre.

Pero cuando estuvo en la cama, sola, en un camaranchón obscuro y frío, sobre cuyo techo el viento rugía con más furia, removiendo y sacudiendo las tablas, recordó lo contado por la viuda: el hombre enmascarado que le había dicho: «¡Mujer, no esperes más!», el largo capote negro, el chiquillo que veía los muertos, los tiernos pajaritos en el abandonado nido (sus pobres hermanitos), el tesoro de Anania, la noche de San Juan, su madre muerta; y tuvo miedo, y se puso triste, tan triste, que aun creyéndose condenada al fuego eterno, deseó la muerte.

NOTAS:

[1] Rosalía.

[2] Señalar las flores; significa, en Cerdeña, atarlas con una cinta para que nadie las toque.

[3] Cerdeña es tal vez la comarca de Europa Occidental más rica en monumentos prehistóricos. Entre ellos se encuentran algunos que seguramente fueron destinados al culto de alguna divinidad oriental, pues los fenicios y cartagineses habitaron por largo tiempo la isla, y fundaron las importantes ciudades de Caralis, Nora y Tharros. Un afortunado descubrimiento, hecho por un inglés en las ruinas de Tharros, hizo que se despertara la afición á la busca de tesoros, siendo innumerables los naturales que se dedicaron á ello, especialmente en el litoral de Oristaño, en donde se encontraron gran número de ídolos y otros objetos de oro, egipcios en su mayor parte, llevados allí por los comerciantes fenicios.

Pero la verdadera manifestación de la antigua civilización sarda, son los famosos nuraghi, que se distinguen desde lejos, en lo alto de las colinas, como restos de antiguas fortalezas. La meseta de Giara, capa caliza de gran regularidad, que se eleva casi en el centro de la isla, al norte de la llanura de Campidono, está rodeada y como defendida por un verdadero recinto de nuraghi. Por toda la isla se encuentran estos notables monumentos, á veces reunidos y dispuestos regularmente, á veces aislados. El número de nuraghi, reconocidos como tales, pasan de 4,000, y dada su antigüedad, es posible presumir el gran número que habrán sido destruidos por el tiempo.

Mucho se ha discutido sobre el origen y uso de estos monumentos. Según unos eran templos, según otros tumbas: «torres del silencio», lugares sagrados en que se adoraba el fuego; torres de refugio; hogares de gigantes, pues se les ha dado toda clase de destinos; y fenicios, troyanos, iberos, thyrrenos, therpianos, pelasgos, cananeos, orientales de origen desconocido y hasta antidiluvianos han sido considerados como sus probables constructores. Al fin, gracias al infatigable explorador de antigüedades sardas Sr. Spano, las dudas han desaparecido, estando conformes la mayor parte de los arqueólogos en que los nuraghi eran habitaciones, y su nombre fenicio significa sencillamente «casa redonda». Los más groseramente construidos, que resisten tal vez desde hace cuarenta siglos las inclemencias atmosféricas, no encierran más que una sola cámara interior, datan de la edad de piedra, y como habitación humana representan la edad de civilización que siguió al período de los trogloditas. Los más modernos, construidos durante la edad de bronce y la del hierro, están hechos con más arte, pero sin empleo de mortero y se componen de dos ó tres cámaras sobrepuestas, á las cuales se sube por escalera construida con grandes piedras. Algunas cámaras de la planta baja son capaces para 40 ó 50 personas y están precedidas de antecámaras, reductos y pequeños salientes semicirculares. El de Su Domu de S' Orm, cerca de Domus Novas, ya demolido, se componía de diez habitaciones y cuatro patios; era una fortaleza al mismo tiempo que un grupo de casas; podía contener más de 100 personas, y resistir un sitio.