Bustianeddu vino á buscar á Anania y le acompañó con cierto aire de despreciativa protección. La mañana era espléndida; el aire, límpido, olía al dulce olor del mosto, del café, del vino en fermentación; los gallos y gallinas cantaban en medio de la calle; los labradores se marchaban al campo con sus grandes carros cubiertos de pámpanos, precedidos por alegres y juguetones perros.

Anania se sentía contento, aun cuando su compañero hablase mal de la escuela y de los maestros.

—Tu maestro,—decía,—parece un gallo, con su gorro colorado y su voz ronca. He tenido que tragarlo todo un año. ¡Que el diablo se lo lleve de una pata!

La escuela estaba en el otro extremo de Nuoro, en un convento rodeado de huertos melancólicos. La clase de Anania, en planta baja, daba sobre la solitaria calle; el polvo cubría en gran cantidad las paredes; la tarima del maestro estaba en muchos sitios comida por los ratones; y manchas de tinta, incisiones y rasguños, y nombres que parecían jeroglíficos adornaban los bancos.

Anania experimentó una gran desilusión al ver aparecer, en lugar del maestro descrito por Bustianeddu, una maestra vestida al uso del país, pequeña y descolorida, con dos discretos bigotes negros en el labio superior, parecidos á los de tía Tatana.

Cuarenta chiquillos, casi siempre llenos de mocos, animaban la clase. Anania era el mayor de todos, y tal vez por esto la maestrita, que además del bigote tenía dos terribles ojos negros, se dirigía á él con preferencia, llamándole por su nombre y hablándole un poco en sardo, otro poco en italiano.

Esta obstinada atención le fastidiaba algo, pero le enorgullecía. Á las tres horas de escuela, ya sabia leer y escribir dos vocales; y si bien una de ellas era la o, esto no quitaba mérito á su aplicación.

Cerca de las once ya estaba harto de la escuela y de la maestra, no menos que del vestido nuevo que le molestaba bastante; pensaba en el patio (en el saúco, en el cesto de los higos chumbos, en donde tan á menudo metía mano, ya acostumbrado á las espinas) y empezó á bostezar.

¿No llegaría nunca la hora de salir? Muchos de los chiquillos lloraban y la maestra se desgañitaba en vano, predicando el amor á la escuela y la paciencia.

Por último se abrió la puerta. Apareció y desapareció como un relámpago, la cara afeitada del bedel,—también en traje del país,—y resonó su voz: