Se había puesto redondo como una bola, á causa de las abundantes comidas, la dulce ociosidad, y, sobre todo, del mucho dormir.
Siempre dormía. Y en las silenciosas siestas, á pesar del grito continuo de Rebeca, terminaba por dormirse, con la flor del saúco en la manecita roja, y la nariz cubierta de moscas. Y soñaba que aún se encontraba allá arriba, en casa la viuda, en la cocina vigilada por el capotón negro que parecía un fantasma colgado; pero su madre no estaba allí, había huido, lejos, á una tierra desconocida. Y venía un fraile del convento y enseñaba á leer y escribir al pequeño abandonado, que quería estudiar para poder viajan y buscar á su madre. El fraile hablaba, pero Anania no lograba entenderle porque del capote salía un lamento agudo y desgarrador que ensordecía. ¡Dios mío, qué miedo! Era la voz del alma del difunto bandido. Y además del miedo, Anania sentía una gran molestia en la nariz y en los ojos. Eran las moscas.
NOTAS:
[22] Escondrijo conteniendo un tesoro.
[23] Apodo despreciativo, que equivale á bruja ó cosa parecida.
V
Al fin se realizó su sueño.
Una mañana de octubre se levantó más pronto que de costumbre, y tía Tatana después de lavarle y peinarle le mandó ponerse el vestido nuevo, aquél de fustán duro como la piel del diablo.
Anania grande estaba desayunándose con hígado de oveja asado; al ver al chico dispuesto para ir á la escuela, echóse á reir alegremente y le dijo, amenazándole con el dedo:
—¡Á ver, á ver cómo te portas! Si no te portas bien, te mando con maestro Pane á hacer ataúdes...