Estas palabras decidieron el destino de Anania, y no las olvidó nunca jamás.
Por fin se cerró definitivamente, por aquel año, la almazara, y el almazarero se transformó por completo en labrador.
Una primavera ardiente amarilleaba los campos; las avispas y abejas zumbaban al rededor de la casita de tía Tatana; el gran saúco del pequeño patio parecía cubierto de un maravilloso encaje de flores amarillas.
En el patio de casa Anania se reunían casi todos los días los que antes acostumbraban hacerlo en la almazara; tío Pera con su tranca, Efes y Nanna siempre borrachos, el guapo zapatero Carchide, Bustianeddu, su padre, y algunas otras personas de la vecindad. Además tío Pane había abierto tienda en una casucha en frente del patio; todo el santo día era un ir y venir de gente que reía, gritaba, se insultaba y soltaba palabrotas.
El pequeño Anania pasaba todo el tiempo entre aquella gente miserable y mal hablada, de la cual aprendía actos y palabras indecentes, acostumbrándose al espectáculo de la embriaguez y de la miseria inconsciente.
Al lado de la del tío Pane, había una tenducha negra y llena de telarañas, en donde se consumía una pobre muchacha enferma, cuyo padre marchó muchos años atrás á trabajar en unas minas africanas, y del cual no se supieron más noticias. La infeliz criatura, llamada Rebeca, vivía sola, abandonada, llena de llagas, tendida sobre una sucia estera, asaltada por millares de insectos y moscas.
Más allá habitaba una viuda con cinco hijos que todos pedían limosna; el mismo tío Pane la pedía á menudo. Y, sin embargo, aquella gente estaba siempre alegre; los cinco niños pordioseros siempre se reían. Maestro Pane hablaba consigo mismo en alta voz contándose historietas risueñas y recordando hechos alegres de su juventud. Y en las deslumbrantes siestas, cuando la vecindad callaba y las avispas zumbaban entre las flores del saúco, conciliando el sueño del pequeño Anania echado boca arriba en el umbral de la puerta, sólo vibraba en el pesado silencio el agudo lamento de Rebeca, que subía, se ensanchaba, moría, volvía á empezar subiendo á lo alto, enterrándose muy hondo, y parecía atravesar el silencio (por decirlo así) con un silbido de flecha. Aquel lamento encerraba el dolor, los males, la miseria, el abandono, la desesperación oculta por todo el pueblo; era la voz interna de las cosas, los lamentos de las piedras que caían una á una de los negros muros de las casas prehistóricas, de los techos que se derrumbaban, de las escaleras exteriores y de las balaustradas de carcomida madera que amenazaban ruina; de los euforbios que crecían en las callejuelas pedregosas y de la grama que cubría los muros; de la gente que no comía; de las mujeres que no tenían ropa que mudarse; de los hombres que se embriagaban para aturdirse, y pegaban á su mujer, á sus hijos y á los animales porque no podían desahogarse con el Destino; de las enfermedades incurables, de la miseria aceptada inconscientemente, como la vida misma. ¿Pero quién pensaba en ello?
Anania, echado boca arriba sobre el umbral de la puerta, espantaba las moscas y las avispas con un ramo de saúco, y pensaba instintivamente:
—¡Ay! ¿Por qué grita siempre aquélla? ¿Por qué grita de este modo? ¡No debía haber enfermos en el mundo!