—¿Entonces, querrás estudiar?—preguntó astutamente el almazarero.

—Sí.

—¡Ah, muy bien!—dijo el señor Carboni.—¿Conque quieres estudiar? ¿Quieres ser cura?

Siguió diciendo que no.

—¿Abogado?—preguntó el molinero.

—Sí.

—¡Diablo! ¡Diablo! ¡Ya decía yo que tenía los ojos vivos! ¡Quiere ser abogado el ratoncito!

—¡Ay, pobre hijo mío, somos muy pobres!—dijo suspirando su padre.

—¡Si el chico tiene voluntad de estudiar, la providencia no le faltará!—dijo el amo.

—¡No le faltará!—repitió como un eco el ama.